Diario de un crítico

Blog personal del crítico de cine Simón Cano Le Tiec.

martes, 21 de abril de 2015

Festival de Málaga 2015 (Diario I)

Mirabilis, Marisabelis, Merisabilis, Cercis...no estoy muy seguro de cómo se llamaba el árbol de la película, porque incluso a lo largo de ella el nombre se tergiversa tanto y se repite tanto que no cuadra nada en absoluto. Normalmente, no es así. La repetición da fuerza a las palabras (Natalie Portman hizo el mismo papel en teatro tanto tiempo que al final se lo acabó tragando), pero en Mirabilis pues, nada tiene mucha fuerza. Si acaso, tiene complejo de delgado y cree que por ir al gimnasio tal vez se le quite. Tan común.

La película no empieza bien. El que quiera puede consultar mi crítica en el diario Málaga Hoy del lunes 20 de abril sobre ella, pero ya le digo que al lector (o más bien advierto) que la bilis que desprendo en la crítica es mucho menor que la que he denotado en anteriores ocasiones. El año pasado por ejemplo, tal vez por las circunstancias en las que me encontraba, fui algo más destructivo con todo lo que mis ojos vieron. Hoy en día lo miro con perspectiva y tal vez hubiese mucha rabia en mis palabras hacia películas y personas que en el fondo no lo merecieron. Salvo Pancho, el perro millonario, claro.
Supongamos que el mundo del cine no fuera tan inexacto dentro de los gustos que genera: creo que mis artículos desprenderían menos pasión por este mundillo que he amado, he odiado, pero que siempre me ha importado, en gran medida. Por ejemplo, Pancho, ejemplo que cito más arriba y que critiqué duramente un año atrás, está diseñado para atraer al público infantil. No deja de ser un perro que habla, boxea, conduce, combate...pero de todas formas, yo cuando pertenecí a ese público (¿no lo seguimos haciendo?) tenía un poco más claro que diferenciaba la comedia del entretenimiento. No recuerdo haberme reído con Los Simpson. Nunca. Y la considero una serie enorme. Con Futurama si, y tal vez la ponga por encima de esta última porque es un logro hacerme reír. Tampoco creía que me reiría alguna vez con Almodóvar, y menos con Los Amantes Pasajeros, pero al final sí. Me reí y me reí mucho. Ojalá hubiera se hubiese proyectado en el Festival de Málaga una película así. Quería imaginarme a todo el público sollozando entre chiste de pollas y chiste de pollas. Pero hubiese querido verlo. Mi versión 2014, probablemente, hubiera incinerado a la versión 2015 con un lanzallamas y hubiese arrojado las cenizas al Mar Caspio sólo para tener una excusa para viajar fuera.

Volviendo a Mirabilis, la película resulta indefendible. Tuve la curiosidad de ver cómo había nacido tal proyecto, y cómo debían sentirse sus creadores. Por ello, me quedé un rato a escuchar la rueda de prensa. Previamente, acabó el pase en silencio, con los periodistas abandonando el lugar tapándose la cabeza, ligeramente encorvados, como un soldado tratando de parapetarse. La película era mala, pero no creo que tanto como para comportarse como si fuera una ametralladora de ignorancia humana. Esperé sentado a que entraran los actores, y aparecieron, tímidos y comprimidos, para luego sentarse frente a nosotros. Uno de ellos mostró su miedo abiertamente al recibimiento del público. Plenamente humano, y ante la película, lógico. Pensé que lo más apropiado sería que nadie hiciera ninguna pregunta, que se consumieran en la duda  y en el silencio todos aquéllos que hubiesen participado en Mirabilis. Pero no, empezaron a alzarse algunas voces. Un sujeto que nombraremos como M, muy cercano a ellos, elogiaba la película dentro de lo posible: mintiendo. La mentira que soltó podía leerse entre líneas como una crítica horriblemente subversiva. Demasiado. Creo que fue el mejor comentario que se le podía hacer, algo así como: "Es una comedia muy plástica ¿no? Muy pendiente de su surrealismo, del sentido del absurdo, disfrutable..." y así iba la cosa. Este hombre miraba circunstanciado a los demás, buscando la aprobación. Pero luego pensé que tal vez su comentario no fuera una critica subversiva, sino una mentira piadosa, o una para salir del atolladero. Todo muy lógico, al fin y al cabo, y humano, cómo no.

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El hombre detrás del espejo negro

Una luz.
Morada, blanca, azul, verde, etc... da igual. El tío tampoco se pregunta si lo que hay dentro del móvil es una bombilla tipo LED que se enciende cuando le mandan un mensaje, así que si la forma no importa, el color tampoco. Lo que transmite la luz ya es más complejo. Dentro de esa complejidad se halla la universalidad. El tío está subido en un tren/autobús, contemplando cómo a su alrededor, con suerte, hay veinte personas con sus móviles, dos mirando por las ventanas, y tal vez una con un libro. Sí es 50 sombras de Grey, está al nivel analógico del móvil; sólo va de toquetear un cacharro.
El tío.
Mirar a los demás implica estar sometido, en este caso, a las tres actitudes más habituales en un tren/autobús desde que se inventó el smartphone, o hasta que su uso se proliferó al nivel de la respiración. O se mira por la ventana, o se mira el móvil o se mira el libro, porque un libro no puede leerse en un tren. ¿Qué hacer?

Haga lo que haga no deja de ser una sombra de los demás. Simplemente, deberá dejarse llevar por el etiquetaje social y mirarse en la pantalla apagada del móvil. El reflejo es algo así como nítido pero parcialmente ensombrecido. Si allí puede reconocer algo más que necesidad, y encuentra sensatez, por favor, no tire el móvil por la ventana para ser diferente. Ya lo es.




domingo, 5 de abril de 2015

La lógica de la manada


Existen muy pocas series que hayan abarcado un arco generacional como lo ha hecho El séquito. Ese complaciente (por reducido y variopinto) grupo de amigos de la infancia que se criaron en lo suburbios de Nueva York, creció durante ocho años convirtiendo Los Ángeles en su patio de recreo. Entre las brutales bacanales y romances tan trascendentales como poco duraderos, la serie ha perfilado el retrato de una estrella del cine estudiando sus flaquezas y debilidades, que, en gran parte, recaían en su grado de inmadurez. Pero no sólo el de Vince, protagonista y marginado epicentro de la serie, sino el de todo su séquito. Se muestra lo miserable que puede ser el efecto de las rencillas personales y financieras del mundillo sobre un pequeño grupo de personas que se han criado en la inocencia.     

Por ello, Doug Ellin, creador de la serie, dibuja los triunfos de sus personajes con moderación. Trabaja con este proyecto como si lo hiciera, a priori, con un producto vacuo, fácil de digerir y fácil de olvidar, pero la involuntaria estética de documental resalta los guiones y las interpretaciones como rasgos puramente idiosincráticos del séptimo arte. Pero no por ello todo suena a melodramático, emotivo o típicamente falso. Al contrario, las piezas se unen con realismo, fiereza e impacto. Sus descacharrantes situaciones y sus acertada escritura pueden catalogar a El séquito de comedia, pero no está de más matizar que consiste en una comedia humana. El éxito y las meteduras de pata del grupo siempre se tratan bajo un matiz de aprendizaje, de errores que les hacen crecer a medida que los cometen. Pero la serie acierta en el hecho de tratar un error absoluto como una decadencia para el que lo ha cometido, de forma que el realismo se acentúa sobre sus consecuencias. Se trabaja con un humor poco sutil pero escrito con mimo tanto hacia el espectador como hacia sus personajes. Se busca cuidar los lenguajes de todos ellos, desde el tono moral del pepito grillo del grupo, Eric (un Kevin Connolly espléndido) hasta la inmadurez del Johnny Drama de Kevin Dillon. Mención aparte merecería el no tan implacable Ari Gold, magnífico espejo del doble rasero ideológico persistente en Hollywood. Con este personaje, Jeremy Piven, que ha conseguido tres premios Emmy consecutivos y un Globo de Oro, estructura una figura imponente, atractiva, definido por su capacidad para lidiar con los problemas, adaptarse y dominar la situación. Sus flaquezas emocionales se describen como el lado de su vida que nunca ha acabado de dirigir, cuando, irónicamente, esa es su meta en la vida. Por otro lado, la interpretación de Piven es demasiado perfecta y humana; su histrionismo realza esa sensación de estar viendo, no una recreación, sino la auténtica realidad escenificada en un documental. La química entre todos los protagonistas se puede incluso respirar, en una serie escrita con atino y representada con naturalidad.  


El séquito avanza, crece y madura hasta ofrecer un inmenso cuadro de personalidades y una sola realidad que estos comparten. El espíritu de asamblea y amistad establecido entre ellos dota al show de una atmósfera placentera, relajante, tan desprovista de pretensiones como armada de inteligencia a la hora de recrear, fielmente, los entresijos y la maquinaria detrás del Hollywood que ofrecen las revistas sensacionalistas. Ahí están las influencias, los odios y, en definitiva, el lado más humano de los que habitan en ese Edén de egos que tiene por nombre Los Ángeles. Cuando alguno de los miembros del séquito abandona la manada, se pierde en un mundo oscuro y voraz, alejado de la supuesta belleza y perfección que se le ha otorgado tan falsamente. Por ello fracasa y vuelve al amparo de sus colegas para poder equivocarse a su lado. HBO creó con esta ficción bastante poco ficticia una de las series más entrañables y uno de los placeres más irresistibles de una generación televisiva acostumbrada a la mala comedia y al humor fácil que tanto sigue triunfando con las tan conocidas sit-coms de turno. 

Con El séquito, el espectador se encuentra con un retrato fresco, simpático y tan familiar que le invita a quedarse con él sus ocho temporadas, viviendo y malviviendo entre los enseres laborales de uno de los negocios más miserables. Aquí no se deja nada a la sombra, y se trata con el habitual poso que posee HBO para recrearse en las asperezas que se suelen dejar de lado. Este es el auténtico Hollywood, contado por eternos personajes que han dejado en evidencia la apariencia del business. Memorable hasta su idílico final.

Este artículo se publicó originalmente en el diario Málaga Hoy, lo puedes leer aquí.

domingo, 11 de enero de 2015

Los 10 mejores episodios de "Los Simpson"

La última salida a Springfield (Last exit to Springfield) , Temporada 4, Episodio 76
Aqui residen las claves del humor de Los Simpson. Hoy en día, se ha convertido en un programa algo más ácido, pero en el peor de los sentidos. Si antes convivía en el mundo, pero sin formar parte de él, ahora si que lo hace, y ha sido muy corrosivo para su esencia. Al fin y al cabo, siempre han propuesto un prisma muy peculiar desde el que observar el mundo, pero por la distancia que tenía con él. Ahora, parece haberse fusionado con el presente y pretende criticar la realidad desde esa perspectiva, pero hace que carezca de sentido todo lo que ha habido detrás para acabar de esta forma. Este episodio resume a la perfección lo que fue Los Simpsons (y lo que es, porque en lo que se ha convertido es resultado de la mera adaptación al público), es decir: un compendio satírico sobre las adversidades de la vida diaria, de cómo se tornan ridículas si se observan como realmente son. En el capítulo que nos atañe, Homer es nombrado delegado sindical por su compañeros de trabajo, un puesto que a él no tarda en pesarle, aunque a su jefe, el temido Sr. Burns, le pese todavía más, porque le observa como un líder nato, capaz de revolucionar el panorama laboral, todo lo contrario que es en realidad. Cuando, al final del episodio, Burns cede a las exigencias de Homer, lo hace a condición de que cese en el cargo de delegado sindical. Tras esto, la jugada no le ha podido salir mejor a Homer, y se tira al suelo describiendo círculos como si andara en el aire, y Burns, atónito, se da cuenta de que la perspectiva con la que lo vio no sólo fue errónea, también fue ridícula. Ese es el humor de Los Simpsons: realidades existentes contra realidades absurdas, aunque al fin y al cabo, realidades.

Huracán Neddy (Hurricane Neddy) Temporada 8, Episodio 161
Ned Flanders es una de las creaciones más geniales de la serie, de eso no hay duda. Nunca ha hecho falta ahondar en su pasado porque la vida del eterno secundario siempre está dedicada al presente. Musculado, devoto del catolicismo y defensor a ultranza del estilo de vida más tradicional, aqui se analizan las raíces de su existencia y son un vuelco a lo que cualquiera podría haber pensado. Criado a la sombra de artistas que no creían en la educación, sometido a terapias psiquiátricas ampliamente complejas (véase, azotar durante meses a un niño). El resultado es ese beato con gafas que aqui explota en un mar de rabia e ira que se intensifica a cada segundo transcurrido. Sumido en una especie de locura renegada, Flanders se aísla en si mismo para no volver a estallar de forma semejante. Podría complementarse con todos los momentos en los que Flanders aparece en la serie, porque justifica totalmente su comportamiento, que en ocasiones roza lo psicótico, pero como está tratado desde la comedia, uno simplemente sonríe y se fija en los protagonistas.

Edna especial (Special Edna), Temporada 14, Episodio 298
Considerado por la crítica como el mejor episodio de la temporada 14, es, al mismo tiempo, el análisis más personal de todas las facetas que puede tener un acontecimiento. En ese mismo sentido, parece que analiza los aristas de una situación tal y como lo haría Woody Allen: la tragedia de la relación imposible, la redención como salvavidas de la moral... sólo le falta hablar de la muerte.
Skinner, de nuevo, sale airoso, perfilado con exactitud a través de sus actos, como el soltero con menos continuidad de la serie, y Bart encuentra satisfacción personal en la satisfacción ajena. ¿Cómo no puede uno amar esta serie?

Bart, el amante (Bart the lover) Temporada 3, Episodio 51
Que Bart es muy sensible no necesita mucha explicación. Si en su vida diaria sus sentimientos no encuentran una forma de evadirse, a veces toma tiempo prestado de su vida "profesional" (en ocasiones, sus gamberradas parece que atienden a una clase de oficio) para volcar lo que su corazón no puede expresar en familia. Tal y cómo empieza el capítulo, nadie pensaría esto. Lo que hace Bart aquí es soberanamente cruel; ilusiona a su profesora con la existencia del hombre perfecto, carteándose con ella en nombre de él. La tristeza de Edna, con la que Bart empatiza, hace que la fuerza con la que hace el mal, cambie de bando para hacer el bien, pero es muy positivo que la carta final y resolutoria la escriba toda la familia; no deja de evidenciar que las emociones de Bart son muy complicadas de extraer.

El cuarteto vocal de Homer, (Homer's Barbershop Quartet) Temporada 5, Episodio 82
Clásico entre los clásicos de la serie, propone una revisión de los estándares de melancolía que siempre han impregnado al show (o por lo menos, hasta hace algunas temporadas). Se permite sus licencias críticas con el pasado y la historia, si bien a Los Simpsons siempre les ha gustado cuestionar el pasado, no por resultar erróneo, sino por resultar ridículo.
Por otro lado, abarca muchas facetas de la vida del artista, y al mismo tiempo, la somete a una perspectiva grupal, es decir, si ya es bastante complicado mantener la estabilidad creativa en uno mismo, hacerlo entre cuatro personas tan distintas como Apu, Skinner, Barney y Homer debe ser infernal. Se representa el agotamiento artístico, el pesar de la familia, no como bache, sino bagaje que recoger, del que se ha dependido siempre, en parte, para el desarrollo del talento. No deja de ser una sátira impositiva de Los Beatles, pero es tan suya que la hace original. El momento de Homer, con el Grammy en la mano, observando un cartel publicitario donde aparece una familia unida y feliz, es desolador.

Papá tiene una placa nueva (Poppa's Got a Brand New Badge) Temporada 13, Episodio 291.
Probablemente sea el episodio menos arriesgado de la lista, aunque posee algunas de las referencias más ricas de la serie, algunas explicitas ( Los Soprano, Cazafantasmas) y otras más implícitas (Sólo ante el peligro) que, irónicamente, empapa todo el capítulo. Propone diversas reflexiones que al mismo tiempo planteaba la película; demuestra que Homer, pese a ser querido por el pueblo, ante la muerte solo despierta indiferencia. El final del episodio, que al mismo tiempo cerraba la temporada 13, está cerrado de la forma en que lo está por pura necesidad. Había que cerrar la nevera, y no podía ser de un portazo, tal vez por eso concluya de forma tan ilógica, incluso para el nivel de la serie, pero todo lo anterior representa el brillo del homenaje, sello de Los Simpsons.

El momento en el que Lenny y Carl se encierran en los calabozos de la comisaría es antológico.


Bart, la madre (Bart, the Mother) Temporada 10, Episodio 206.
Existe en la capacidad de obrar de Bart una especie de insatisfacción continuada. Parece que no hace lo que hace porque realmente quiere, sino porque es lo que se espera de él, un chico caótico pero muy interesante a nivel emocional. Irónicamente, todas las relaciones que tiene el personaje (por lo menos las más importantes) se despiertan por su faceta de gamberro, algo que él no advierte, porque el amor es una cuestión trascendental que no se puede entender a la ligera, y menos con esos eternos 10 años que tiene el personaje. En Bart, la madre, este personaje actúa por primera vez según sus auténticas convicciones, que rompen totalmente con cómo la serie lo había descrito a nivel superficial. Mata a un pájaro, y la madre, al descubrirlo, le suelta una reprimenda. Nada nuevo en el horizonte, pero matar al animal para Bart parece haber sido un paso más allá. No tiene remordimientos por la bronca de su madre, por el intento de humanizar su moral (que existe, y es de hecho una de las más presentes de la serie), sino porque sus convicciones, por primera vez, le permiten juzgar sus actos de forma consecuente. Tomar las huevos del pájaro e incubarlos hacen que Bart se revele como un personaje con un corazón muy tierno. El final del episodio rompe totalmente con lo que se trata de explicar durante su desarrollo (se sacrifica el tono moralista por una apuesta más cómica), pero tal vez porque no había más oro que sacar de esa mina que es Bart.

La canción ruda del Sargento Seymour Skinner (Sweet Seymour Skinner's baadasssss Song) Temporada 5, Episodio 100

Aqui se somete a examen la capacidad de la serie para crear lazos realistas entre sus personajes. Si bien Skinner ha sido uno de los personajes mejor dibujados de la serie (no en el sentido literal, que también), ya sea por su relación extra-profesional con Edna, su devoción hacia su madre, la eterna presencia de su pasado bélico...aqui encuentra un equilibrio muy sutil entre lo que es y en lo que puede llegar a convertirse. Es despedido de la escuela por culpa de un jaleo orquestado por Bart, algo que le repele por dentro porque en el fondo conoce retazos de la vida de Skinner que, aunque a veces los analice de forma cómica para burlarse de ellos, sabe que no lo haría si no fuera porque le parecen interesantes. A partir de ahí, entre ambos se forja, no la predecible relación paternal que podría darse, sino un sentimiendo de hermandad desarrollado desde la ternura, la riqueza de la experiencia que uno toma del otro, en eterno feedback, siempre constante.
Incluso al final, cuando Bart le cuelga una nota a Skinner en la espalda que dice "Pégame", y Skinner hace lo mismo, poniendo en la espalda de Bart "Enséñame". Ahi deben retomar sus respectivos caminos, el de firme director de escuela y gamberrillo que lo pone a prueba, pero se dan esa lección de que siguen siendo lo que son, pero que han aprendido agradablemente del otro.

El blues de Lisa (Moaning Lisa) Temporada 1, Episodio 6
Marcar un antes y un después en una serie de televisión no suele darse de forma tan temprana. Pero aquí, se ahonda en la depresión como pocas lo han hecho. Existe en Lisa una vulnerabilidad que, pese a existir en otros miembros de la familia (probablemente, pese a la actitud del personaje, Homer sea el segundo más vulnerable), se exterioriza desde el aspecto más realista de su comportamiento. Lisa no es un estereotipo de sabelotodo, ni siquiera de la libertad en la que puede bañarse la vida de uno. Todo lo contrario, es probablemente la más humana de la serie, y en este episodio se refleja a través de las inquietudes del presente, no del futuro, que es lo que hace también que nos creamos la inteligencia que en ella reside. Desde el duro inicio, con Lisa observándose triste e indiferente en el espejo, se aprecia un cariño por este personaje que realmente lo concibe como nexo de unión con la realidad.
Que sean capaces de mostrar que dentro de ese mundo ajeno al nuestro, también haya gente que se martirice a través de las eternas dudas que nos corroen, sobrepasa muchos límites. Aqui crearon algo especial, exacto, necesario y muy importante.

Y con Maggie, tres (And Maggie Makes Three) Temporada 6, Episodio 116
Es costumbre de la serie partir de un hecho del presente para hacer un pequeño examen del pasado. Normalmente, de la familia, donde se analiza el bagaje que hay detrás de los Homer, Marge, Lisa y Bart que ya conocemos, para entenderlos realmente bien a través de sus versiones pasadas. Lo que es un triunfo para el show es que no parecen personas distintas, se nota la evolución entre los personajes pero el éxito es que no parezcan otros. Aqui, se revisa al Homer que ya tenía dos hijos, y que abandona el trabajo en la central nuclear para dedicarse a algo que le satisfaga a nivel personal. Esto chocará contra él cuando descubra que va a tener otra hija: Maggie. Al final se ve obligado a suplicar por su anterior empleo, y pese a que se lo conceden, lo hacen tomándose la licencia de hacerle entender que "está ahí para siempre" (a través de un cartel frente a él), pues si volviera a abandonar, perdería la única oportunidad de alimentar a su familia. Cuando Maggie nace, en el rostro de Homer se puede observar la pesadez que le espera, que el trabajo cargará sobre sus hombros, y que jamás será realmente feliz. Marge le muestra a la niña envuelta en sábanas, y Homer sigue sin reaccionar. Una mano asoma de la manta y agarra el pulgar de su padre. "Hazlo por ella" reza aquel cartel al final del episodio, y una soga te anuda la garganta.

Por Simón Cano Le Tiec