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Las dos caras de la autodestrucción

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El club de la lucha nacía hace quince años como película, y dieciocho como novela, como coyuntura personal, como respuesta a una vida acostumbrada a la rutina, a los designios de una sociedad sentenciada a consumirse en si misma y a orientarse según una alternativa autodestructiva. En este sentido, esa tangente es inconsciente, más dirigida al egocentrismo de los individuos que a su propia convivencia. El personaje protagonista, Tyler Durden, anarquista redirigido al sentido más bello, amplio y profundo de la violencia política, personaliza un modelo de existencia de lo más atractivo, y a la vez, incongruente, con la filosofía que defiende. La sociedad se autodestruye y no parece sentir remordimientos por ello, sino que disfruta sobrepasando sus límites. Tyler parece consumido por su disfrute, por su gozo a la hora de aleccionar a un mundo en decadencia, si bien la violencia que aplica sobre él va fuertemente marcada por un sadismo precoz, oscuro y emocional. Su estatus de psicópata,…