Diario de un crítico

Blog personal del crítico de cine Simón Cano Le Tiec.

domingo, 24 de noviembre de 2013

El plan perfecto: hacer una tontería

Hubo un antes y un después de Lock & Stock. Tanto para su director, Guy Ritchie, como para la forma de concebir una idea disparatada dentro de las fronteras del séptimo arte. Esta historia centrada en un grupo de amigos que deben desenvolverse como puedan en el mundo del crimen para pagar una deuda que cuelga sobre sus cabezas es uno de los pilares fundamentales del último ápice de originalidad existente a día de hoy.

Acompañada de una banda sonora de ensueño, perfecta para el ambiente que se respira en la cinta, años después de su estreno en 1998 sería considerada por muchos como una de las mejores películas inglesas de todos los tiempos, y supondría la base para que Ritchie pudiese elaborar un segundo cuento barribajero (Snatch, cerdos y diamantes) en el que, ahora sí, habría que poner un ojo en un director que más tarde se hundiría por colmar de rosas a su mujer y musa, Madonna, en Barridos por la marea, el tedioso remake de Insólita aventura de verano, de la generalmente comedida Lina Wertmüller. Posteriormente, se afincaría en su peculiar elitismo y firmaría un filme más legible de lo que se ha destacado, aunque mucho más vacío de lo que pretendía el director, llamado Revólver. En 2008 volvería a la gran institución que es la comedia negra con RocknRolla, un filme vacuo e intrascendente que por su puesta en escena y sus insustanciales subtramas no acabó de funcionar. Ha dirigido a Robert Downey Jr. y a Jude Law en dos agradables filmes de Sherlock Holmes, pero nada ha vuelto a ser lo mismo en la carrera de este director desde su infiltracion en aquellos suburbios de Londres. Ahora que se cumplen 15 años de Lock & Stock, resulta imposible no rememorar las razonas por las que Guy Ritchie se convirtió en un magnífico realizador incluso antes de poder llegar a demostrarlo.


Una atmósfera seca y fría asalta la proyección retro de un Londres desértico , que únicamente despierta en las noches más pintorescas, con pubs caribeños hasta los topes, y timbas de póquer donde uno suda y juega por algo más de lo que hay en la mesa. En un compendio general, Lock & Stock es una cinta hábilmente sobrecargada, tanto en lo narrativo como en lo estético. Aquí se dan la mano tiroteos imposibles estudiados desde distintos tiempos y ángulos, una comicidad ágilmente medida y una dirección de la acción atrevida, tan dinámica que ofrece un sobrio espectáculo estético en forma de comedia negra.

Por otro lado, el libreto de Ritchie no le anda a la zaga a todo este pastiche. Existe en él un dominio brutal del lenguaje adecuado al crimen (des)organizado, que encuentra su cuna en la didáctica prosa y el abundante humor negro de George V. Higgins (del que recientemente se ha publicado en España La rata en llamas, que data de 1981), y claro, también en sus posteriores herederos, donde también se encuentra el mismo modelo de charlatanería, como en la obra del difunto Elmore Leonard.

El guión, orquestado dentro de los márgenes del estrambótico realismo de la generación pulp, se adjudica como heredera espiritual del tarantinismo imperante desde que el director asaltó el metalenguaje en Reservoir Dogs y repitió en Pulp Fiction. Sin embargo, Ritchie parece plantear su película más como una refutación del elitismo tarantiniano que como un homenaje. Si bien ambos forman parte de una élite que, junto a algunos otros (Álex de la Iglesia por buscar un ejemplo patrio), ha determinado una peculiar representación del gamberrismo y lo extravagante, es sólo Ritchie el que ha trabajado desde un terreno algo más genuino, en vez de agenciarse un género sobre el que únicamente ha reescrito un continuo homenaje, como es el caso de Tarantino. Más que nada, porque Ritchie, que a diferencia de Quentin Tarantino, no es tomado (ni se toma) demasiado en serio). Lock & Stock vendría a reivindicar un espíritu desbocado, una clase de cine que es la viva esencia de la magia de la sencillez y la complejidad que oculta la aparente arbitrariedad de algunas historias que aqui son hiladas con naturalidad y, sorprendentemente, con armonía. Es una barraca ambulante, despreocupada; la viva extravagancia sin pretensiones. Un ejercicio de estilo de una inmensa fuerza y libertad narrativa, algo que a día de hoy, desgraciadamente, no prevalece. Lo más probable es que esta película no hubiese pasado de la fase de estudio en estos tiempos ya que ha dejado de pagarse tan bien la originalidad para cederle paso a una mediocridad deleznable. Eso deja a Guy Ritchie en un lugar privilegiado: el del grande que se hundió a tiempo.

Se publicó en el diario Málaga Hoy el sábado 26 de noviembre de 2013.
Lo puedes encontrar en:  http://www.malagahoy.es/article/ocio/1647329/plan/perfecto/hagamos/una/tonteria.html

jueves, 21 de noviembre de 2013

De la devoción al caos

Hay desingnios del cine de terror que parecen invadir los dramas humanos del realizador Darren Aronofsky. Pero cuando se habla de terror, Aronofsky no limita su obra a sustos basados en desmembraciones y lluvias de sangre, sino que se permite disertar sobre las sensaciones humanas cuando se las expone al horror, al aislamiento físico, a la ignorancia moral o incluso al descubrimiento personal. Este último caso se ejecuta de mil maneras, buscando un odio hacia sí mismo que experimentan los títeres de sus creaciones. El caos voluntario a la que los somete devora cualquier devoción física que no sea la que los ha llevado a su estado. Para sí mismos sólo existe una mea que obvia la oscuridad en la que se han sumido. Desde los heroinómanos de Réquiem por un sueño hasta la bailarina profesional de Cisne Negro (o el hastiado Mickey Rourke de El luchador), todos combaten un miedo que exprime sus fuerzas pero que no merma sus ganas. El horror de la devoción única.



Visualmente atrevidas, aunque algunas dotadas de un lenguaje un tanto tétrico, las cintas de Aronofsky se conciben como un reto a superar con los protagonistas, como una locura o una adicción que compartir con alguien más. Al fin y al cabo, son viajes a la profundidad de la oscuridad de la mente, a la obcecación y al odio irracional. Así lo ha expresado en una filmografía sutil, hechizante y altamente estilizada. Sin ir más lejos, Cisne Negro supone un importante punto de inflexión en su carrera, por su desquiciado análisis de la profesionalidad, no a través de un afán de superación, sino como una doctrina. La película comienza, de hecho, con la deconstrucción de un sueño que imita la realidad. Ya se pretende expresar que el grado de perfeccionismo al que aspira la protagonista abarca toda su vida y después, un poco más, hasta sumergirse del todo en su cabeza. No falta la expresividad y el detalle en un sueño donde su protagonista parece observada por su temido público. Porque ahí reside lo que mueve la existencia de la bailarina interpretada por Natalie Portman, en el miedo. El mismo temor que la planta en el escenario es el que la deja ahí, el que impide que existe algo ajeno a esa vida de duro esfuerzo y nula consolación. Sin embargo, más allá de que la realidad se imprima en un sueño, Nina (la bailarina) contempla una luz hacia la que avanza sin reposar los pies, y la negritud se cierne sobre la imagen. Nina despierta y sonríe; parece feliz. Pensar que la tortura personal puede ofrecer cierto punto de felicidad es demencial, pero al fin y al cabo, es por lo que tanto se luchaba. Puede que esa sonrisa sea la imagen más terrible de una película coral, arraigada a un clasicismo intimista que no abandona en ningún momento la atmósfera de la cinta.

Después hay otros elementos como un estudio de relación maternofilial que no se queda lejos de la psicopatía de Carrie, un Vincent Cassel diabólico que evoca al carácter visceral de El lago de los cisnes al igual que Aronofsky, y una competitividad mil veces vista, sólo que aquí se torna en un curioso romance onírico. Por un lado se expresa una historia contada hasta la saciedad, pero representada de otra manera; hay elementos magníficos, otros desechables. Por ello Aronofsky juega con el atrevimiento cuando somete a su obra a su particular visión de la oscuridad.



Su lírica visual se verterá en Noé, cinta que seguirá la vida del protagonista de una de los relatos bíblicos más extendidos. El capítulo 6 del génesis parece encontrar en Noé (cuyo estreno está previsto para mediados del 2014) una representación bastante libre, que procede a una lectura efectista de la ambigüedad del pasaje. Ya que Aronofsky firma el guión, se asegura de matizar con profundidad una historia aparcada por su tono utópico, puesto que existen multitud de lagunas que pueden interpretarse de distintas formas. Por ejemplo, es totalmente razonable pensar que si Noé, efectivamente, era consciente de que sería el único superviviente (con su familia) de una catástrofe venidera, esto no sería del agrado de sus vecinos y camaradas. A fin de cuentas, hay un cerco de posibilidades que Aronofsky no teme cruzar con tal de crear una historia adaptada al concepto de devoción personal, y en como rápidamente puede sumir en el caos todo lo que te rodea,y teniendo en cuenta que el objetivo de Noé se haya constantemente determinado por las vidas de sus hijos, el abanico de posibilidades es amplio. Sólo cabe esperar que la personalidad del director no se empape demasiado de unas ganas de fantasear un tanto excesivas, y que pueda ofrecer un ensayo a la altura de un talento que exprime el tópico para hacerlo asombroso.

Publicado originalmente en el diario Málaga Hoy.
Lo puedes encontrar en: http://www.malagahoy.es/article/ocio/1644391/la/devocion/caos/aqui/llega/diluvio.html