Diario de un crítico

Blog personal del crítico de cine Simón Cano Le Tiec.

domingo, 27 de octubre de 2013

Genio con minúsculas

No existe universo capaz de formular la quimera del director y guionista Wes Anderson. Puede que sea éso lo que permite apreciar su obra con total dedicación. Sin embargo, no nos engañemos, su cine no es para todos. Su eficaz y producente tendencia al surrealismo puede resultar tan entrañable como difícil de digerir, en especial en Rushmore, uno de sus primeros trabajos, con el que dictaría sentencia sobre su estilo a la hora de plasmar las emociones humanas. No es nada extraño; en toda su filmografía se trabaja con personajes, sentimientos y comportamientos de una importancia vital (tales como la niñez, el enamoramiento, la madurez, la paternidad...), pero todo ello sobre un plano que, para exaltarlos y que cobren su meritoria trascendencia, han de alejarse terriblemente de la realidad. O no tanto, según se mire. No consigue abrirse a un gran público por la apatía que irradian sus personajes, que oculta una ambigua batería de lecturas emocionales, es decir: sus actos no les representan ni por asomo. Piensan, reflexionan sobre un pasado inconsciente y un futuro que podría ayudarles a marcar la diferencia, pero, por algún motivo, ellos también viven alejados de la realidad, y sus actos vienen determinados como sencillas estupideces. Que habiten sus propios mundos responden antes ellos. Claro que no todo el mundo lo entiende, ni tiene porqué. De ahí a que a Anderson se le haya limitado tanto a nivel popular, hasta el punto en convertirse en el rarito de la élite del cine independiente; una desgracia.


Anderson, bien dotado para la comedia de corte absurda e inteligente (peculiar mezcla), también posee una extraña fuerza a la hora de recrearse en la profundidad de los escenarios que pueblan sus obras. Se puede admirar dicho magnetismo en un pausado cortometraje que le sirvió como prólogo para su correcta Viaje a Darjeling, bajo el título de Hotel Chevalier. A partir de su particular inicio, se comienza a recrear en la figura de Jason Schwartzman (su protagonista), a través de primeros planos y sencillas tomas de la habitación del hotel Raphael, a unos 200 metros del Arco del Triunfo. Su preparación mental es exquisita, no abandona su estado emocional hacia una sencilla voz que, posteriormente, toma la forma de una damisela norteamericana, de posado provocador, sensual y brutalmente atractivo. Así, se presenta como una chica corrompida por el desamor, que encuentra la paz en ese espacio tan intimista y personal como es el ficticio Hotel Chevalier.


Ahora que su próximo trabajo, The Grand Budapest Hotel, busca fecha de estreno para el año que viene, resulta imposible no rememorar el trienio de la soledad que, involuntariamente, forman Rushmore, Life Aquatic y Moonrise Kingdom, que son, fácilmente, las películas más redondas del director. A lo largo de estas tres cintas, se examina los estragos de la necesidad de vivir alejado de los demás, a través de distintos personajes que abandonarán (o no) el distanciamiento en el que han decidio vivir enfrascados. Una de las consecuencias de dicha marginación es su iracunda apatía, tan característica de Anderson. Schwartzman y Bill Murray en Rushmore dicen luchar por amor, cuando luchan por huir de la soledad a la que se remitieron en un principio. El mismo Bill Murray intenta abandonar la indiferencia que le provoca el ser humano cuando descubre que es padre en Life Aquatic, y, finalmente, Bruce Willis cae en la cuente de que una mujer no le es suficiente para no sentirse solo en Moonrise Kingdom.

Estos hombres se intentan realizar de la única forma que nunca han intentado. Pero la constante Anderson está presente; actúan como niños. Evolucionan dentro de los parámetros que su inteligencia les limita, pero no se desprenden de su tosca apatía. En Moonrise Kingdom se divaga en un tono surrealista sobre el enamoramiento como una alternativa a convertirse en adulto, si bien en ella un niño particularmente curioso se lanza a la aventura con una niña que aborrece la relación amor-odio de sus padres.

Pero al gran público no acaba de cuajarle que un niño tenga la firmeza suficiente como para no querer ser un adulto, cuando todos los que le rodean no parecen haber alcanzado la madurez a pesar de triplicarle la edad.


Uno de los niños que actúan en la cinta, de unos ocho o nueve años, le espeta a la niña fugada (su hermana): "Has traicionado a nuestra familia".¡Menuda convicción! Hay personas que viven veinte, treinta o cuarenta años sin poder concebir este principio. Anderson se las arregla para que todo se tambalee entre el humor surrealista y la verosimilitud. Puede que subirse al carro que apoya esto último sea algo presuntuoso, pero sin duda es un viaje que la vena vivir. Tanto espectador como, simplemente, ser humano.

Este artículo se publicó en la edición impresa del diario Málaga Hoy el día 15/10/2013.
Lo puedes encontrar en:  http://www.malagahoy.es/article/ocio/1624157/genio/para/todos/para/unos/pocos.html

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