Diario de un crítico

Blog personal del crítico de cine Simón Cano Le Tiec.

viernes, 27 de septiembre de 2013

El galán se reinvindica como cineasta

Creer hoy en día que las personas que opinan que George Clooney ha sobreexplotado su inherente elegancia de playboy son una minoría es algo que llama a la incoherencia. Es tal vez demasiado obvio que su faceta de galán mujeriego con el bolsillo bien amueblado le ha podido encasillar. De todas formas, no se le puede acusar de ser un actor plenamente expresivo. Es cierto que posee la porte necesaria para aportarle a Hollywood ese clasicismo que está perdiendo tanto en presencia como en esencia, pero si algo se le da bien a ese imperio del entretenimiento es a distinguir el talento del talante.

 Por otro lado, la cara más interesante de la carrera de Clooney, es la que corresponde a su etapa de director, que comienza con un filme sobrio, espléndido, Confesiones de una mente peligrosa, que ironiza la vida del productor de televisión Chuck Barris, creador de, entre otros programas, aquél en el que una mujer elegía pareja entre tres pretendientes a los que no podía ver en ningún momento. En ella, un enérgico Sam Rockwell, actor que, a diferencia de Clooney, cuando se desata obra el milagro ofreciendo todo un espectáculo de carisma artística, se somete a las concesiones de un género en decadencia como es el cine de espías. Pese a su irregular ritmo, una estética retro en combinación con una atmósfera prácticamente seca y alejada de los convencionalismos norteamericanos permiten recrear una Norteamérica todavía asediada por los designios del Macarthismo y la caza de brujas. Diálogos y escenas que parodian el odio al comunismo y el entrenamiento de agentes secretos se encargan de frecuentar los terrenos de la comedia, mientras que el show de Rockwell se tambalea entre un feroz drama y un histrionismo a la altura de Jim Carrey. El poderío de Clooney emerge a la hora de trabajar con las distintas estéticas de sus trabajos. Parece conocer la opresión del entorno y su amplitud a la hora de incidir sobre sus personajes. El Barris de Rockwell es un agresivo antisocial cuya desmotivación provoca emociones en él que, aunque anormales (como mínimo), son asimiladas rápidamente y ejecutadas al instante. En cierto momento de su vida, este personaje comienza a actuar según el ambiente que pretende reprimir su comportamiento, y más, cuando se le intenta enderezar. ''Tienes 33 años. Jesús a esa edad ya había muerto y resucitado; más te vale ponerte las pilas'' le espeta un eficaz Clooney bajo sus propias órdenes.

Y es que el cineasta repite su dialecto estético hasta en su última película, la muy convincente Los Idus de Marzo, donde la gloria de los griteríos y los aplausos encumbran el politiqueo, y las lluvias de porquería y escándalos sexuales lo arrastran por el fango. Su primera mitad se desarrolla de forma bastante más sonora que su final, entre amasijos de estudiantes, votantes inseguros y gentíos que aplauden en bellísimos días, hasta que el espectador es conducido por un tramo de sombras donde reina una frialdad exasperante. En ambas cintas se presenta la inocencia del protagonista como una emoción a la que le falta vivir en una atmósfera más severa para terminar de madurar. Y conviene citar la apacible Buenas noches y buena suerte como claro ejemplo de que el dominio estético de Clooney tampoco está de más.

Ahora se reúne con un elenco de compañeros (Matt Damon, Cate Blanchett...) y veteranos (Bill Murray, John Goodman...) del oficio en The monuments men, cinta que protagoniza y (lo que es más importante) dirige, sobre una pequeña escuadra de soldados a la fuerza (algunos de ellos eran convervadores de museos) que tienen como misión proteger las obras que forman parte del patrimonio histórico alemán y evitar que sean destruidas tras la muerte de Adolf Hitler. En esta cinta, que se estrenará en España el próximo 17 de enero, Clooney se inmiscuye en el abandono de la inocencia frente a un mundo despiadado, que empuja a la madurez a cualquiera que vaya a contracorriente, si no lo ha ejecutado ya durante el proceso. En este caso, no cabe duda de que este pequeño escuadrón acabará curtido en todas las batallas, y le ofrecerá a Clooney la posibilidad de repetir su dinámico control de estéticas. Un actor que ahora vuelve encauzado como director. Gran noticia, sin duda.

Este artículo se publicó en la edición impresa del diario Málaga Hoy el dia 24/9/2013.
Lo puedes encontrar en:  http://www.malagahoy.es/article/ocio/1609265/galan/se/reivindica/como/cineasta.html

miércoles, 18 de septiembre de 2013

El prisma de la opresión

Es posible que existan pocos directores con la fórmula eficaz para alcanzar, con calidad y técnica, al gran público, algo que bien se permitieron maestros de la (enorme) talla de John Ford y Stanley Kubrick. Steve McQueen, además de compartir nombre con el magnífico Nevada Smith, es uno de los directores más injustamente aparcados de la actualidad, que posee una escasa filmografía con dos cintas (Hunger y Shame), ambas obras cumbre del cine moderno.

Shame.





Hunger humaniza dentro de lo posible, a cierto preso integrante del IRA que fundamenta sus crímenes en algo más de lo que se le ha estado vendiendo al mundo. Al mismo tiempo, procede a narrar con efectismo la crueldad que empaña su existencia, no sólo con lo que a los demás respecta, sino con lo que respecta a sí mismo. Se propone una dura dicotomía en la que el protagonista podría querer morir de hambre no sólo para reivindicar su posición, sino para arrebatarle el control sobre su vida a los demás. En cierto modo, en ello radica el hambre referenciado en el título: hambre de vida. Desea sentir la capacidad de tomar una elección que nadie pueda alterar en función de sus ideas y de su pasado. Fassbender, que realiza un esfuerzo titánico por aguantar la extrema delgadez de Bobby Sands, que murió tras pasar 66 días desde el comienzo de su huelga de hambre, enmarca para la posteridad un rostro repugnante, horrorizado por la muerte, pero en paz por cometer, tal y como él esperaba, una acción bajo su propia voluntad.

En una de las escenas más representativas de la película, Sands discute con un párroco sobre la fundamentación de dicha huelga de hambre, de cómo algo semejante sería un obstáculo para la diplomacia. A través de una anécdota infantil en la que Sands recordaba haberle dado muerte a un potrillo herido, mientras los demás niños pensaban en una decisión, el personaje interpretado por Fassbender llega a la conclusión de que la diplomacia no es más que una cháchara incesante que ni solucionaría el problema ni equipararía el sufrimiento de Sands en los pasados cuatro años de condena en prisión. Para él, morir representa una evasión de ambos, que a su juicio, podría cambiarlo todo para las generaciones venideras. Es durísimo contemplar como el ser humano se hiere a sí mismo mientras lucha por morderse las cadenas que le apresan. La desagradable atmósfera que ejecuta McQueen a través de este filme se debe tanto a la suntuosidad de los planos con los que trabaja, como a la percepción a la que se ve obligado a recurrir el angustiado espectador al suprimir (con realismo) cualquier tipo de conversación meramente banal.

La magnífica Hunger.





Shame no abandona, ni por asomo, los síntomas de opresión que se despliegan con Hunger. Nunca antes el sexo había sido tan poco morboso, tan monótono ni tan frío como el que se propone en esta apabullante obra sobre la adicción al sexo. El de nuevo protagonista Fassbender construye una interpretación enérgica alrededor de un personaje que intenta disfrutar de un vicio que acabará desestabilizando su vida. En su rostro se comprende el dolor, no la pasión; la depedencia, no la lujuria. No se trata de sexo sin amor; es sexo sin sexo. McQueen se asegura de perpetrar un alarde de lírica visual a través de secuencias explícitas narradas con la fuerza suficiente como para destrozar a un espectador que está viviendo la destrucción de un hombre. La relación que mantiene con su hermana recuerda a la errónea animadversión existente entre las dos hermanas de El silencio de Ingmar Bergman. La frialdad es masticable, y el único motivo de dicha relación parece ser que la cercanía de uno invade el espacio del otro. La profundidad de los planos puede incluso parecer extremadamente similar. A través de ella se idealiza el distanciamiento del protagonista, tanto con los demás como con lo que realmente querría poder ser.






12 años de esclavitud
El 13 de diciembre se estrenará en España la tercera película de este talentoso y apasionado realizador, titulada 12 años de esclavitud y ganadora este domingo del Premio del Público en el Festival de Toronto. que narra los infortunios de un músico negro secuestrado y revendido como esclavo a mediados del siglo XIX en la América profunda. Para ello, McQueen (con la ayuda en producción de su propia esposa, Bianca Stighter) cuenta con un reparto de lujo, donde repite su colaboración con Michael Fassbender y añade a un Chiwetel Ejiofor que huele a Oscar, así como a uno de los grandes descubrimientos británicos de los últimos años, que ya ha atormentado con Star Trek: En la oscuridad y maravillado con Sherlock: Benedict Cumberbatch, además de un Brad Pitt que navega sobre el momento más álgido de su carrera. Pese a no haber logrado llegar al gran público con sus dos anteriores cintas, cuyo carácter explícito y realista haya podido cerrarle algunas puertas, Steve McQueen ha obrado una filmografía donde reina una filosofía visual enconmiable, porque, ya sea un preso, un adicto o un esclavo, el hombre quiere que la vida signifique la libertad.

Este artículo se publicó en la edición impresa del diario Málaga Hoy el martes 17/9/2013.
 Lo puedes encontrar en: http://www.malagahoy.es/article/ocio/1604385/pajaros/alas/rotas/prisma/la/opresion.html

viernes, 13 de septiembre de 2013

Razón de vida a las puertas de la muerte

McConaughey como Ron Woodroof
No hace mucho tiempo, interesarse por los trabajos de Matthew McConaughey habría supuesto una acción tímida y desbancada por los sabiondos que encasillan con demasiada rapidez tanto a actores como a sus admiradores.

Su notable acento texano inunda sus frases y las carga de una naturalidad tal que angustia la simple idea de que un ser humano pueda actuar tan a la ligera a través de acciones tan trascendentes. Esto se explica por sí solo en Killer Joe, El inocente y la reciente y maravillosa Mud, de un director adicto a representar las consecuencias de la vida en todos sus personajes, llamado Jeff Nichols.

Con respecto a Killer Joe, donde Matthew McConaughey interpreta a un enigmático sicario, este actor es capaz de formular el temor y la admiración por partes iguales hacia un personaje grotesco y atemporal, que bien podría haberse sacado de una novela de Cormac McCarthy. La imposición del cúmulo de sensaciones que es capaz de crear el personaje, en este caso, es gracias al actor. Nada ni nadie advierte de lo que es capaz este hombre, ni de cómo actúa o habla. Sin embargo, cuando hace acto de presencia, y el ensombrecido rostro de McConaughey se ceba con la pantalla, no hay nada más que decir. Trata con sus contratantes con frialdad mientras queda prendado de una muchacha que en él despierta nuevas emociones, aunque las comprenda en el acto. Su expresividad bebe directamente del magnetismo de los más grandes (sin comparar, por supuesto). Juega con las miradas como si fueran motosierras; en la misma Killer Joe consigue que su, por momentos apático asesino a sueldo, resulte, para el perplejo espectador, entrañable, cuando la muchacha le anuncia que espera un hijo suyo. Todo en un actor. Todo en un rostro. Hoy día, algo único por el hecho de crear un aura de misticismo alrededor de sus últimos personajes, que poseen tantos matices como algunas de las creaciones de Tennesse Williams.



Ahora, en Dallas Buyers Club, que se estrenará en EEUU el 1 de septiembre y que aún no tiene fecha para su puesta de largo en España, se pone en las (delgadas) pieles de Ron Woodroof, un hombre que a mediados de los años 80 se le pronosticó cerca de un mes de vida cuando se le diagnosticó una fase muy avanzada del sida. A partir de entonces, comenzó a buscar medicamentos que pudieran alargar su vida o mejorarla, rompiendo las fronteras de EEUU ( puesto que la mayoría no habían sido aprobados) y buscándolos en México o importándolas desde Japón. Lo más curioso es que a través de estas actividades consideradas ilegales por el gobierno norteamericano, de Woodroof surgió la empatía y la necesidad de ofrecer sus productos a todos los que padecieran la enfermedad. Aunque al principio las relaciones con la policía fueron tensas, pasados unos años el FBI comenzó a hacer la vista gorda, obviamente, porque la importación de medicamentos contra el sida no les preocupaba tanto como el narcotráfico. El Club de compradores de Dallas llegó a tener cerca de 580 miembros, y el mes de vida dado a Woodroof se convirtió en casi seis años.

Killer Joe.



Hollywood se ha interesado por este melodrama hasta el punto de echar toda la carne al asador. McConaughey, que ha adelgazado casi 26 kilos para la película, encarna a un vividor, un mujeriego, un ser al que nada importa mientras mantiene a raya los vicios que le siguen dando las ganas de vivir. Cuando todo su mundo se ve comprometido por su inconsciencia, su humanidad se ve reflejada como catarsis por su cercanía a la muerte. Puede o no arrepentirse de haber vivido en una burbuja, pero por lo menos intenta enmendarlo, con respecto a él y con respecto a los demás. En definitiva, una historia sobre una vida sin motivaciones hasta que a esa vida se le pone fecha de caducidad. En Solaris, del maestro Andrei Tarkovsky, se propuso que el amor se infundaba hacia aquello que uno temía perder, y que no saber cuando vas a morir hace que la vida, en cierto modo, tienda al infinito. Efectivamente, aquí se demuestra la genuina faz de un actor casi sepultado por su trayectoria inicial. A estas alturas, solo cabe que el texano sea capaz de sorprender todavía más a un público que tiene en el bolsillo desde que adoptó un solemne registro sin abandonar los territorios de la naturalidad. Podría decirse que casi tiene al gran teatro del cine a sus pies.

Este artículo se publicó el día 11/9/2013 en la edición impresa del diario Málaga Hoy.
Lo puedes encontrar en:  http://www.malagahoy.es/article/ocio/1600290/razon/vida/las/puertas/la/muerte.html

domingo, 1 de septiembre de 2013

'Pelotas' fuera

Este pasado viernes se estrenaba la esperada secuela de 'Kick Ass', basada, a su vez, en la secuela del cómic 'Kick Ass' de Mark Millar y John Romita Jr. En su momento, para el que no le prestara atención al fenómeno despertado con la primera entrega, se desató un particular encanto por su historia y personajes. Más que nada, se elogió y aplaudió una interesante pero tediosa filigrana argumental que jugaba con las leyes de los filmes de superhéroes (el entrenamiento, el traje...) donde destacaba la motivación del héroe, precisamente, por su ausencia. No había ningún trauma infantil (de hecho, hay una referencia a que la tragedia crea al héroe por su necesidad de venganza); ninguna oscuridad subyacente en la mente de un protagonista mentalmente desequilibrado, por lo que el punto de partida rompía con los designios del género, dando lugar a una pretendida sátira absoluta del cine de superhéroes.
Así luce el cómic original; algo que me recuerda a 'Juego de Tronos'
Empezando por el cómic original de la citada mano de Mark Millar, cabe decir que, a excepción de una premisa atractiva y contemporánea, que contenía un fuerte apego por la idiosincrasia moderna (redes sociales, sufrida adolescencia...), se trata de una obra mayoritariamente plana. Cuesta mucho agradarse con unos personajes apáticos e imposibles, y más con una historia donde reina la hiperviolencia gratuita, y a su vez, donde también lo hace la ausencia de cualquier trascendencia en el diálogo. Ya no es por buscar una solemnidad propia del gran Garth Ennis (con el que tampoco hay que comerse mucho el coco, reconozcámoslo), pero el entretenimiento avanza con el sopor propio que causa la indiferencia. Su secuela, 'Kick Ass 2', ha perdido por completo la innovación del original, que, si bien era el único elemento por el que todavía valía la pena ojearlo con desdén, vendría a significar que lo ha perdido todo. Efectivamente, tenemos más violencia, más mutilaciones, sangre, desmembramientos, violaciones...y más pseudo-héroes de pacotilla que defienden la integridad de sus acciones incluso cuando lo han perdido todo, aunque lloren a moco tendido por una paliza, o por ver morir a un ser querido. Aquí la violencia es extrema, y el guión, inexistente.

Las adaptaciones de ambos cómics difieren totalmente de ellos. Se denota cierto respeto por la violencia, intentando eludir algunos momentos francamente desagradables, para favorecer su venta masiva a un público mayoritario. Pero el guión sigue sin estar ahí. Todo ocurre, y todo se olvida. Por mucho que se recurra a una estilizada violencia que luce un acabado notable, la carga modernista de ambos filmes sigue estando ahí. No hay diálogo que cunda, ni intento de parodia que funcione como realmente debiera. Entristece la falta de un humor más fresco y socarrón que el presenciado en Kick Ass y en Kick Ass 2. Puede que porque no se trate de una comedia, algo que significaría que la cinta (cintas, en este caso) se toman demasiado en serio a si mismas. Eso ya no entristece tanto; eso apena.