Diario de un crítico

Blog personal del crítico de cine Simón Cano Le Tiec.

martes, 16 de julio de 2013

En el desierto, nadie puede oír tus gritos

Scott en su salsa.
A día de hoy, decir que la lucidez del realizador británico Ridley Scott ha sido puesta en evidencia es quedarnos cortos. No se le ve ducho en su materia, ni en los mecanismos de su tan elocuente realismo visual, ni tampoco en sus concesiones artísticas. Hace ya años que el Scott primigenio, con ganas de asentar en su obra una determinada estirpe de personajes atemporales, y de alcanzar un nivel de detalle inalcanzable para la mayoría (la tan fría como intensa Black Hawk deribado puede atestiguarlo) dejó paso a un adicto a despliegues de suntuosos paisajes, pero también, a un narrador desvalido del discurso que tanto le valió en sus primeros tres cuartos de carrera. Su cine ahora carece del acentuado lirismo de Los duelistas y Gladiador, o de la lograda dialéctica social y moral de Thelma y Louise y de Blade Runner

Recientemente, Scott se metió en camisa de once varas con su esperadísima Prometheus, con la que sus más arduos seguidores hemos tenido que profundizar en las oquedades de un guión demasiado pretencioso, abstracto, aletargado en parte por la mano que ha perdido Scott con el tratado del suspense, para poder ensamblar una historia que ilustra a la perfección como al director británico se le ha pasado el arroz con esto de la Sci-Fi. Sus insinuaciones filosóficas han de ser analizadas con detenimiento para que Prometheus suene realmente como lo que pretende ser, pero por muy bien que pueda llegar a sonar, como el legado de un creativo como Scott, que diseñó una atmósfera que va más allá de las muchísimas emociones que puede provocar el séptimo arte con Alien, el octavo pasajero, el resultado es demasiado pobre, y ante todo, intrascendente.

Michael Fassbender en 'El consejero'.


 Después de probar suerte con un ensayo magistral sobre el tráfico de drogas y su prolongada continuidad durante la Guerra de Vietnam, que sirvió como puente para determinadas relaciones 'comerciales', en la detallada, aunque en ocasiones inexpresiva American Gangster, Ridley Scott parece querer seguir estudiando el intrínseco funcionamiento de las organizaciones criminales con El consejero, que analiza el paso de un abogado por una serie de actividades relacionadas con el narcotráfico. Para no repetir el disgusto de contar con la mala suerte (y fama) del guionista Damon Lindelof, Scott cuenta con una poderosa mano para narrar esta historia, la del escritor ganador del Pullitzer Cormac McCarthy. McCarthy, todo un maestro de lenguajes y de su adecuación a los personajes, ha demostrado su osadía para obrar atmósferas sombrías, grotescas, plagadas de incertidumbre y un nivel de violencia que no dejan indiferente a nadie. En Meridiano de sangre, su atemporal lírica del yermo abre paso a una serie de personajes que actúan según la oscuridad, a través de actos que les arrebatan toda su humanidad posible. Apenas hay sitio para la moral, cuando lluvias de sangre y cabelleras arrancadas comienzan a inundar los parajes fronterizos en los que se desarrolla este hiperviolento western. Desde arbustos de los que cuelgan bebés atravesados por el cuello, hasta matanzas indiscriminadas de nativos, la elitista brutalidad de McCarthy revela un estilo totalmente cinematográfico, si bien bebe en muchas ocasiones del poderío de Sam Peckinpah o de la mitología belicista de Joseph Conrad. Recientemente, se han adaptado dos de sus novelas más accesibles (y magníficas, aun así), que han sido No es país para viejos y La carretera, donde sus personajes analizan la complejidad de su propio pasado y se permiten el lujo de hacer lo mismo con su más que incierto futuro. 

McCarthy.


Que escriba las líneas sobre las que ha trabajado Scott no solo es un aliciente, sino que podría devolver al director al redil del que nunca debió salir. Personajes apáticos, motivados por una sed de mal insaciable, que filosofan sobre la violencia y los negocios, y que ocultan sendos pasados tan sombríos como la historia en si, es lo que este curioso tándem ha podido obrar detrás de las cámaras. Ligar la crueldad estética y los punzantes diálogos de McCarthy con la pulcritud visual de Scott, que cabalga entre la sobrio y lo pomposo, podría suponer la reválida de un realizador que ha demostrado la sangre que corre por sus venas, aunque lleve desangrándose casi media década. Puede que sea entonces cuando conmemore una carrera vitalista, que tanto ha ofrecido a los seguidores del suspense y de la ciencia ficción, y que, francamente, seguro que le queda bastante por ofrecer. Es la hora del final de ciclo.

Este artículo salió publicado en la edición impresa del diario Málaga Hoy el dia 15/7/2013.

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