Diario de un crítico

Blog personal del crítico de cine Simón Cano Le Tiec.

lunes, 29 de julio de 2013

De Dioses y monstruos de la actualidad

¿Quién recuerda la 'Deep Web?
De Dioses y Monstruos hace ya 15 años. Aquel personal relato sobre los últimos días del director James Whale (director de, entre otras, la primera película de Frankenstein) resultaba plenamente cautivador por la omnisciencia del pasado de su protagonista. No le permitía dar un paso adelante sin recordarle a alguna situación semejante años atrás. Por ello, Whale ( interpretado por un Ian McKellen en estado de gracia) huía de su pasado, y hacía caso omiso de él, actuando con total libertad, o al menos, intentándolo. La amistad que traba con su jardinero ( interpretado por Brendan Fraser), que no para de recordarle las diversas relaciones que tuvo con varios jóvenes a lo largo de su vida, acaba con el hombre y hace resurgir al pasado. Irónicamente, Whale (en la película) se considera a sí mismo un monstruo, pero no por su propia visión de sí, sino por la de los demás, que lo han acabado marginando, pese a ser artífice de una de las quimeras más visionarias del séptimo arte. Ello lo hace un dios, su pasado. Sus conversaciones con su nuevo amigo permiten que el dios aflore con el monstruo a la sombra, tomando consciencia de su propia importancia.




Bill Condon, aquél que dirigiera (y adaptara de El padre de Frankenstein) semejante proeza del análisis propio, ha ido dando tumbos con los años, pese a poseer una modestia visual y una vitalidad que le aportaban a sus relatos la humildad que les correspondía. Tras tratar vagamente con la sexualidad en la citada Dioses y monstruos, lo haría con más calma y profundidad en Kinsey, cinta biográfica del sexólogo Alfred Kinsey. Después, se metería en camisa de once varas con las últimas adaptaciones de la saga Crepúsculo, donde apenas se puede discernir su presencia, ni a nivel estético, donde podría encontrarse su sobriedad, ni a nivel escrito. Sin embargo, parece que ha vuelto a encontrarse con los designios biográficos que tan bien le han ayudado en la cima de su carrera, puesto que se encuentra a los mandos de The Fifth State, que relata un segmento de la vida del fundador de WikiLeaks, el conocidísimo Julian Assange, y que se estrenará el próximo octubre.

Aunque a priori suene presuntuoso, Assange comparte las mismas asperezas internas de James Whale. Ambos son dioses que viven a la sombra de ojos que los etiquetan de monstruos, y ambos cargan con un pasado del que solo ellos son conocedores, pese a que el mundo crea lo contrario. Assange, embajador de la ortodoxia moral, junto con todo el equipo a su lado y a los mandos de WikiLeaks, ha conseguido abrir muchísimas mentes, a expandir el pensamiento propio a costa de la desconfianza hacia los gobiernos, a cambio de considerarle como poseedor de la razón absoluta y de constituir un ejemplo a seguir. Asuntos como el de los cargos de violación y abusos sexuales que cargan sobre él, o el simple hecho de haber vulnerado la seguridad de varios países, son los que le dibujan a los ojos de los que creen estar ante un auténtico monstruo.

Dioses y monstruos...James Whale como dios lo trajo al mundo; al descubierto.


Benedict Cumberbatch, solidísimo actor británico que posee las dotes expresivas necesarias para encarnar la frialdad y despertar la intriga, interpretará a Julian Assange, dotándolo de sus tan inherentes como particulares emociones, que suelen movilizar a sus masas de seguidores como si estuvieran ante la verdad personalizada. Desde luego, Cumberbatch, culpable de resucitar a un Sherlock Holmes tan apático como realmente agradable, posee el poder de convocatoria (y oratoria) necesario para ello, tal y como ha demostrado con su dialéctico villano en Star Trek: En la oscuridad, o con sus arengas sobre la simpleza de los sentimientos humanos en Sherlock. Aquí, en The Fifth State, además, adopta los ensimismados gestos del mundialmente conocido hacker, su profesional sonrisa y su puntual manierismo personal.

A vista de que la gran mayoría de los trabajos centrados en retratar la existencia de grandes creadores (Mark Zuckerberg en La red social) y de grandes comunicadores (Steve Jobs en la futura jOBS) de la actualidad, el futuro de The Fifth State parece estar bastante resuelto, que no excento, seguramente, de futuras controversias con respecto a la vulneración de Assange de la privacidad de diversos gobiernos. Sin embargo, puede que a través de ella, se aclare la visión del público que necesita ver una película para comprender la realidad. Puede que aquí se separen los dioses de los monstruos.

Este artículo se publicó en la edición impresa del diario Málaga Hoy el dia 29/7/2013
Lo puedes encontrar en :  http://www.malagahoy.es/article/ocio/1573433/actualidad/y/espectaculo.html

jueves, 25 de julio de 2013

Psique y violencia, de Oriente a Occidente

Fantasmada sobrevalorada.
Hace unos cinco años, Steven Spielberg andaba detrás del remake de una película coreana que acabó abandonando a finales de 2009. La susodicha cinta era Oldboy, la considerada obra maestra del director Park Chan-Wook. Tras dos años de la suspensión del proyecto, el director Spike Lee (Malcolm X) se puso a los mandos de este trabajo.

Aquél que desee ver Oldboy se dará de bruces con un lienzo mal acabado, de amplios y supuestamente bellísimos planos vacíos de sustancia, y que suponen un somnífero para el que empieza a suspirar hastiado viendo lo que le queda por aguantar. De hecho, el manierismo de Chan-Wook es uno de los principales culpables de que su obra se vea como un ejercicio demasiado abstracto. Sympathy for Mr. Vengeance, la mejor película del coreano, ahonda en la carga emocional de sus secuencias, exprime su significado y se digiere, en su totalidad, tal y cómo se lo propone. Allí, donde un sordomudo trabaja en una fundición, obedeciendo a los cambios de turno según los vagos movimientos de sus compañeros, se aprecia que el letargo visual con el que Chan-Wook pretende ensayar sobre el detalle, y que con ello tiene realmente algo que contar. Que al protagonista las desgracias le caigan a pares hasta llegar al rídiculo (desde tener que buscar un riñón a su hermana, hasta perder uno de los suyos a manos de una banda dedicada al tráfico de órganos) es otro cantar, pero es innegable que la lírica visual del director funciona dentro de los márgenes de la belleza y lo eficaz. Con esta cinta, iniciaba la popular Trilogía de la venganza, compuesta tanto por la mencionada Oldboy como por Sympathy for Lady Vengeance. Pese al tono paródico del que rebosaba Sympathy for Mr... , se trataba de un relato durísimo, puramente emocional, incluso estando ahí la fuerte necesidad de Chan-Wook de colocar la cámara en los rincones más remotos del escenario. Sin embargo, Oldboy, que narraba la desgraciada existencia de un hombre encerrado durante quince años en una habitación, y que, de la noche a la mañana, es liberado junto a su sed de venganza, no consigue la amenidad durante sus cerca de dos horas de metraje.

Y otra vez...


Ello se debe a que el poderío visual del coreano se pierde intentando ahondar en una historia que no posee tantas lecturas como podría pretender. Se la ha podido elogiar por su tremendo análisis de la psique humana en todas sus facetas, pero visto en perspectiva, es el mismo cuento de la inconsciencia en la que viven las personas que se ha producido una y otra vez. A fin de cuentas, el antagonista del filme basa todas acciones en una negación practicamente física de los hechos que le hicieron actuar en consecuencia. Es esa indiferencia, esa apatía que reside en sus protagonistas, las que hacen de este cuento hiperviolento y sofisticado un vago intento por dotar de fuerza ciertos comportamientos con los que es imposible conectar, o ver una parte del ser humano reflejado en ellos. La cinta, originalmente basada en un manga publicado a finales de los 90, se recrea en secuencias que sólo podrían funcionar dentro de los límites que ofrece el mundo del cómic, pues ahí la voz en off y la belleza de las imágenes, por muy crudas que sean, le obligan a uno a descubrirse ante tan efectista armonía. El trabajo de Park Chan-Wook, que cuenta con un gran público, pretende hacerse escuchar con una banda sonora maravillosa, acicalada por tonos altísimos y preciosas melodías, pero falla en su intento a través de un relato imposible, de secuencias que harán llorar (de pena) a los adictos al hiperrealismo, y de planos que aletargan una cinta que durando un cuarto de hora sería igual de absurda.

Lo que pretende hacer Spike Lee, meticuloso realizador con muy buena mano para exaltar las ambiciones de sus personajes, para bien o para mal, no es sólo adaptar Oldboy a la idiosincrasia occidental, lo que incluye, claro, unos comportamientos exentos de la frialdad de la cinta de 2003; sino transportar la aunténtica esencia del cómic original a su proyecto, que constituye la solemnidad de la novela negra de los años 70. Por otro lado, revisar la endiosada Oldboy a través de un remake podría dejar alguna duda razonable con respecto a si se juzgó adecuadamente a la original en su momento, pues cuenta con una extensa lista de seguidores. Parte de su éxito pudo deberse a que se trata de un ejercicio visual no superior a la media, sino sencillamente distinto. Posee el reclamo de una ultraviolencia hoy muy (demasiado) llamativa, y una profundidad morbosa que lo es todavía más. Un cambio de aires con ínfulas de clasicismo narrativo que ha encontrado su público. Muy seguramente, su remake también lo hará.

Este artículo se publicó el dia 23/7/2013 en la edición impresa del diaro Málaga Hoy.
Lo puedes encontrar en:  http://www.malagahoy.es/article/ocio/1569770/psique/y/violencia/oriente/occidente.html


EXTRA: Lo mejor que ha dado esta película ha sido influenciar directamente la siguiente secuencia, que, para mi, es mucho más disfrutable y autoconsciente del absurdo que supone que la de 'Oldboy'.


martes, 16 de julio de 2013

En el desierto, nadie puede oír tus gritos

Scott en su salsa.
A día de hoy, decir que la lucidez del realizador británico Ridley Scott ha sido puesta en evidencia es quedarnos cortos. No se le ve ducho en su materia, ni en los mecanismos de su tan elocuente realismo visual, ni tampoco en sus concesiones artísticas. Hace ya años que el Scott primigenio, con ganas de asentar en su obra una determinada estirpe de personajes atemporales, y de alcanzar un nivel de detalle inalcanzable para la mayoría (la tan fría como intensa Black Hawk deribado puede atestiguarlo) dejó paso a un adicto a despliegues de suntuosos paisajes, pero también, a un narrador desvalido del discurso que tanto le valió en sus primeros tres cuartos de carrera. Su cine ahora carece del acentuado lirismo de Los duelistas y Gladiador, o de la lograda dialéctica social y moral de Thelma y Louise y de Blade Runner

Recientemente, Scott se metió en camisa de once varas con su esperadísima Prometheus, con la que sus más arduos seguidores hemos tenido que profundizar en las oquedades de un guión demasiado pretencioso, abstracto, aletargado en parte por la mano que ha perdido Scott con el tratado del suspense, para poder ensamblar una historia que ilustra a la perfección como al director británico se le ha pasado el arroz con esto de la Sci-Fi. Sus insinuaciones filosóficas han de ser analizadas con detenimiento para que Prometheus suene realmente como lo que pretende ser, pero por muy bien que pueda llegar a sonar, como el legado de un creativo como Scott, que diseñó una atmósfera que va más allá de las muchísimas emociones que puede provocar el séptimo arte con Alien, el octavo pasajero, el resultado es demasiado pobre, y ante todo, intrascendente.

Michael Fassbender en 'El consejero'.


 Después de probar suerte con un ensayo magistral sobre el tráfico de drogas y su prolongada continuidad durante la Guerra de Vietnam, que sirvió como puente para determinadas relaciones 'comerciales', en la detallada, aunque en ocasiones inexpresiva American Gangster, Ridley Scott parece querer seguir estudiando el intrínseco funcionamiento de las organizaciones criminales con El consejero, que analiza el paso de un abogado por una serie de actividades relacionadas con el narcotráfico. Para no repetir el disgusto de contar con la mala suerte (y fama) del guionista Damon Lindelof, Scott cuenta con una poderosa mano para narrar esta historia, la del escritor ganador del Pullitzer Cormac McCarthy. McCarthy, todo un maestro de lenguajes y de su adecuación a los personajes, ha demostrado su osadía para obrar atmósferas sombrías, grotescas, plagadas de incertidumbre y un nivel de violencia que no dejan indiferente a nadie. En Meridiano de sangre, su atemporal lírica del yermo abre paso a una serie de personajes que actúan según la oscuridad, a través de actos que les arrebatan toda su humanidad posible. Apenas hay sitio para la moral, cuando lluvias de sangre y cabelleras arrancadas comienzan a inundar los parajes fronterizos en los que se desarrolla este hiperviolento western. Desde arbustos de los que cuelgan bebés atravesados por el cuello, hasta matanzas indiscriminadas de nativos, la elitista brutalidad de McCarthy revela un estilo totalmente cinematográfico, si bien bebe en muchas ocasiones del poderío de Sam Peckinpah o de la mitología belicista de Joseph Conrad. Recientemente, se han adaptado dos de sus novelas más accesibles (y magníficas, aun así), que han sido No es país para viejos y La carretera, donde sus personajes analizan la complejidad de su propio pasado y se permiten el lujo de hacer lo mismo con su más que incierto futuro. 

McCarthy.


Que escriba las líneas sobre las que ha trabajado Scott no solo es un aliciente, sino que podría devolver al director al redil del que nunca debió salir. Personajes apáticos, motivados por una sed de mal insaciable, que filosofan sobre la violencia y los negocios, y que ocultan sendos pasados tan sombríos como la historia en si, es lo que este curioso tándem ha podido obrar detrás de las cámaras. Ligar la crueldad estética y los punzantes diálogos de McCarthy con la pulcritud visual de Scott, que cabalga entre la sobrio y lo pomposo, podría suponer la reválida de un realizador que ha demostrado la sangre que corre por sus venas, aunque lleve desangrándose casi media década. Puede que sea entonces cuando conmemore una carrera vitalista, que tanto ha ofrecido a los seguidores del suspense y de la ciencia ficción, y que, francamente, seguro que le queda bastante por ofrecer. Es la hora del final de ciclo.

Este artículo salió publicado en la edición impresa del diario Málaga Hoy el dia 15/7/2013.

lunes, 15 de julio de 2013

Hablando con David Lynch

-¿Qué te parece el cine de Scorsese?
David Lynch: Una mierda.
-¿Y el de Ford?
DL: Una mierda.
-¿Y el de Wilder?
DL: Una mierda.
-¿Y el de Lang?
DL: Una mierda.
-¿Y el de John Waters?
DL: Una mierda, pero muy interesante.
-¿Cuál es para usted la cosa más normal del mundo?
DL: Suelo jugar al Blackjack con fichas de dominó mientras el croupier va vestido de conejo mientras me recita, la sucesión de Fibonacci. Todo bajo una luz verde rojiza, un tono al que he llamado, no te lo pierdas: amarillo.
-¿A quién votará en las próximas elecciones?
DL: A tu puta madre, que está muy sobrevalorada.
-¿Está usted infravalorado?
DL: Joder, mis nosecuantos miles de fans en twitter me infravaloran demasiado. Pensaba haber hecho muchas pajas mentales, pero parece que no fueron demasiadas.
-¿Qué le parecen las mujeres?
DL: Sobrevaloradas.
-¿Y los hombres?
DL: Sobrevalorados.
-¿Y el ser humano?
DL: Una mierda, menos cuando hablo de ellos en mis pelis. Cuando hice Twin Peaks, propuse que cada capítulo fueran los títulos de inicio durante 50 minutos. Al final, mi devoción por el ser humano me lo impidió. Soy demasiado sensible.
-¿La mejor película de la historia?
DL: Me encanta Inland Empire, aunque Carretera Perdida es...esquisita. Ojalá ese...Ford ¿dices? hubiese sido capaz de contar mis historias, tan llenas de...¿sentido?

MI HUMILDAD ES MEJOR QUE LA TUYA
David Lynch
Director de ¿cine?



domingo, 14 de julio de 2013

Fatigados katsas

En esta escena de 'Munich', el katsa interpretado por Eric Bana, discute sobre la conflictiva relación entre Israel y Palestina con, irónicamente, un palestino. El problema no es que discuta, el problema es que para ser un katsa, un soldado que únicamente da parte de sus actos a la Primera Ministra Golda Meir (y a Dios, por supuesto), no sepa rebatir la insistente moral ideológica (que, involuntariamente, llevará en la sangre) de un palestino, sin recurrir a demagogia barata. '¿De verdad quieres esas tierras para tus hijos?' le reprocha. Técnicamente, para rebatir una opinión como la del susodicho palestino, lo que él quiera o no es irrelevante; el conflicto no depende de él, depende de un ideal general, y algo de semejante calibre no puede intentar ponerse contra las cuerdas con demagogia sensiblera como la empleada por el katsa. Tan fácil como decir: 'ese territorio es nuestro, y punto. Arrebatádnoslo si podéis'. Total, aqui no hay que convencer a nadie. Sus respectivos gobiernos (y familias) se han encargado de ello.


martes, 9 de julio de 2013

Incomprendido antihéroe

Se podría identificar fácilmente como un ejercicio de suspense a través de matices, de miradas, obscenas, perversas, tan maquiavélicas como los ensayos forenses que su protagonista ejecuta con sus víctimas. Dexter es esa serie nacida de un autor que bien conoce los entresijos de la inadaptación humana, Jeff Lindsay, pues su casi bíblico protagonista vivió bajo el amparo de su propia personalidad, y de nadie más.



Dexter no mata a los que matan. Ello implicaría que, al volver a su acogedor apartamento con la brisa playera a sus espaldas, y el 'trabajo' hecho, debería acuchillar su cuerpo hasta caer muerto. Dexter ajusticia a la psicopatía que ronda por el mundo; es su naturaleza. Apuñala, decapita y desmiembra según su autoconsciente locura, redirigida y adoctrinada por un perjudicado padre al que la injusticia le arrebató todo lo que le quedaba de salud. De todas formas, sigue siendo muy particular la forma en la que Harry reprimió la sed de sangre de su hijastro. Hace lo posible por ver que Dexter supera las barreras de su sociopatía, y, en efecto, lo hace, pero después de acabar criando malvas. Es la misma sociopatía que le impedía, no amar, sino saber que podía hacerlo. Las enseñanzas de Harry, de sonreír a la cámara, de responder a un saludo, de no lanzar miradas furtivas a cualquier desgraciado... puede que no fueran el desencadenante de ello. Estaríamos suponiendo, pues, que por mucho que cueste admitirlo, Dexter es, finalmente, humano. Es capaz de matar por venganza, de matar por pasión y de proteger por amor. Es complicado pensar que algo tan inmenso como el amar se pueda inculcar, o se pueda enseñar. Es lo que propone una serie que sigue la humanización de un psicópata, con defectos, con un pasado y un futuro empañados en sangre. Pero que sea emocionalmente humano no significa que pueda dejar de matar. Sentir el cuchillo desgarrando la carne es algo que en él despierta la satisfacción, el éxtasis de la vida, que es, curiosamente, arrebatar otra. Lleva toda su vida reflexionando acerca de todo lo que le produce asesinar a un depravado, pero cuando se trata de sentir apego por otro ser humano, reflexiona sobre ello, pero no actúa en consecuencia. Por ello, esa parte de él que se dedica a matar, se diferencia de la que va destinada a sentir, a través del llamado oscuro pasajero.





Durante una primera temporada magnífica, dura como el hielo, Dexter experimenta los primeros pasos de su evolución como ser, más que social, familiar. Sin embargo, la cima de esta intensísima ópera televisiva es su segunda temporada. Aquí, cuando casi todo el país está centrado en la búsqueda del mayor asesino en serie de Miami (que es el propio Dexter), este personaje vive el miedo, siente como su vida no puede agarrarse al caos en el que se está sumiendo todo cuanto le rodea. Cuando le toca, le cuesta respirar; escuchar su corazón latir es lo más parecido a pegar la cabeza a las vias de un tren. En las siguientes, comprende lo traicionera que puede ser una amistad convenida, lo peligroso que puede resultar alejarse de los que te quieren, y todo para acabar acercándose a un ser que encarna el horror. De hecho, cada una de las cuatro temporadas de Dexter podría resumirse en un concepto ( fraternidad, intimidad, amistad y paternidad), detrás del que se despliega una inmensa telaraña de expresiones tanto humanas como inhumanas. Ciertamente, Dexter evoluciona, se hace a si mismo, pero ello no conlleva a que no pueda cometer los mismos errores que en el pasado. Las amistades, que nunca entenderá, siempre le acaban llevando a la desgracia, como a la mayoría de personas que necesitan sentirse compenetradas con otras, y no les importa depositar su confianza en alguien al que (erróneamente) creen entender.

Pero el viaje de este profundísimo asesino en serie llega a su fin. El canal de pago Fox Crime trajo anoche, de madrugada y en VSO, a España el primer capítulo de la última entrega. Tras una séptima temporada oscura, alejada de los índices de comedia negra que siempre dejó tras de si, se avecina la catarsis del antihéroe más polémico de la telelevisión, el mismo al que se le cuestiona en charlas de bar, o al que se le anima a continuar desde el sofá. Es y será pasto de una sociedad que evoluciona con él, que con el paso del tiempo determinará si matar puede o no significar hacer el bien. A estas alturas, Dexter lo tiene más que claro; han sido ocho largos años de lucha contra la perversidad, contra el mal que aleja al hombre de su estatus de ser humano. No deja de ser un monstruo, aunque no es complicado empatizar con ese ser, pues toda persona ha sentido en algún momento de su vida que alguno de sus actos era propio de alguna clase de monstruo.

Este artículo se publicó el dia 8/7/2013 en la edición impresa del diario Málaga Hoy.
Lo puedes encontrar en: http://www.malagahoy.es/article/television/1560612/incomprendido/dexter.html

miércoles, 3 de julio de 2013

Persas, griegos y fuegos artificiales

El poderío visual de Zack Snyder, que en su momento fuera elevado a los cielos y glorificado por masas de espectadores que veían en él el auge de la era digital, hoy en día, parece ponerle en evidencia. Frank Miller, autor del cómic en el que se basaba 300, traza la acción desde una perspectiva solemne y lírica, para que la acción cuadre dentro del marco, y así se equipare un tono idílico, el que influye con su tan europea narrativa, con otro más explícito y sanguinario. Snyder trabajaría con este material, y le daría forma con esas técnicas que cree saber manejar con destreza (tal es el caso del exasperante slow motion, la cámara lenta que no solo ralentiza el tiempo, sino que, en el caso de Snyder, aletarga el metraje). El problema es que el trabajo de Miller, llevado a la gran pantalla con la pretendida grandeza visual y la pomposidad características de Zack Snyder, se pierde. El efectismo de Miller no cabe en el cine. Se idolatra su famoso cómic Sin City, pero todavía más el filme que lleva su nombre, cuando en él no solo la acción descrita resulta grotesca y desfigurada, sino que parece estar vendiendo un tebeo en forma de película, y no adaptando un poco más que interesante conjunto de historias, que al fin y al cabo, lucen como un simpático homenaje a La jungla del asfalto. Con 300 ocurre lo mismo. Se chorrea cierto realismo en esa Batalla de las Termópilas, pero poco más. Lo de ver cómo los espartanos salen indemnes (sin ningún rasguño, ojo) de casi todas sus trifulcas con los persas, combatiendo a pecho (y cuerpo) descubierto, es demencial, cuando realmente combatieron con armaduras de bronce. Todo el mérito de la película se lo puede llevar Miller bajo el brazo, pues incluso la bien lograda comparación estética e ideológica entre el pensamiento occidental y oriental es obra suya.

300: El origen de un imperio (que adapta otro cómic de Miller, Xerxes, todavía no publicado, y cuyo estreno está previsto para marzo de 2014) sitúa al espectador justo al final de la caída de la guardia real de Leónidas, rey militar de Esparta, y la de él mismo ante los efectivos persas. Aquel revanchismo que se provocara tras la Batalla de Maratón (durante la Primera Guerra Médica), encuentra su punto de inflexión a partir de aquí. El cadáver de Leónidas es decapitado y crucificado, y los persas prosiguen su avance hasta Atenas, que toman sin muchas complicaciones. La gran mayoría del pueblo griego se repliega a la isla de Salamina. La batalla que procede pues, es entre la flota persa y la griega (además de una alianza de otras ciudades-estado) entre esta vasta extensión de mar que acabaría bañada en sangre. El plantel, no dirigido por Snyder, sino por un casi novicio Noam Murro, parece orquestar la misma sinfonía de sudor, sangre y torsos esculpidos que instauró su predecesora. Es deleznable la necesidad de tratar estos pedazos de Historia como si fueran espectáculos de feria, diseñados y moldeados como fuegos artificiales, que estallan para, tras de sí,dejar una enorme sensación de indiferencia. Atrás quedaron la épica y el poderío iconográfico del peplum de principios de siglo, que encarriló trabajos y más trabajos (Gladiator, Troya...) de una carga descriptiva mucho más cercana y humana que estos engendros de la era digital que plantean un cuarto y mitad de película diseñados a través de modelados tridimensionales.

Snyder pone el dinero sobre la mesa, justo después de haber intentado resucitar, en vano, las pretensiones humanistas de Superman con El hombre de acero, que presumía de poseer la trascendencia del Caballero oscuro de Christopher Nolan, cuando no contiene ni la madurez de sus libretos ni la limitada amplitud de su eficaz realismo. Puede que con su afamada 300, que tan bien funcionó entre el público por representar el relevo de las técnicas digitales tras Matrix, la superficialidad y el tono de su obra no se acabara de dilucidar, pero tras Watchmen (otro cómic, éste de Alan Moore) y la fría y tonta El hombre de acero, cabe preguntarse si Zack Snyder realmente opera con tanta destreza. Siempre ha pretendido lanzar el cine hacia otra dimensión, acercar la fuerza de la gran pantalla a la retina del espectador, pero, como en cualquier fuego artificial, lo que parece poder tocarse se aleja para desaparecer en el olvido.

Este artículo se publicó el dia 2/7/2013 en la edición impresa del diario Málaga Hoy.
Lo puedes encontrar en: http://www.malagahoy.es/article/ocio/1556735/persas/griegos/y/fuegos/artificiales.html