Diario de un crítico

Blog personal del crítico de cine Simón Cano Le Tiec.

miércoles, 26 de junio de 2013

Exceso, drama y otras concesiones al teatro

La pasión que infunda Martin Scorsese hacia el cine negro no es tal como la imprime realmente hacia los vaivenes del teatro.La profunda dramaturgia de Scorsese late como un segundo corazón en la poderosísima Gangs of New York. Aquí existe un evidente cruce de estéticas, entre una particular dramedia de Broadway y sus (ya más convencionales) impactantes y realistas retratos de la historia norteamericana. Por ejemplo, nace la disyuntiva con la plebe irlandesa que se extiende hasta los trabajos más recientes del director.

Pero ante todo, la sensación que produce contemplar las ficticias carnicerías de la Nueva York ideológicamente desamparada del gobierno de Lincoln, es que se asiste a una vasta coreografía escénica, que pone en solfa su realismo, pero que exalta la fuerza, la rabia de los que la contemplan, por estar tan cerca de tocar la acción, como tan lejos de modificar el curso de los hechos. Este airado retrato de pensamientos, más que de hechos reales, posee un espíritu devastador, contundente debido a su musicalidad, a la armonía con la que Scorsese sopesa la violencia, el humor, y cómo no, el drama.

Su alianza con Terence Winter, creador de líneas tan punzantes como de situaciones descacharrantes (dejando sitio, siempre, para el drama humano) ha criado una ofensiva televisiva descomunal, un clásico de última generación digno de compararse con aquella magnífica reverencia al cine negro y a la propia obra de Scorsese, Los Soprano. Se trata de Boardwalk Empire, un paseo lineal por la norteamérica seca, la invadida por castas socioculturales y los conflictos consecuentes, y capitaneada por (para algunos) desgraciados apretones de manos.

Pero no es lo casi exhaustivo de dicho recorrido lo que hace de ella un glorioso espectáculo; es su tendencia a convertirse en una representación teatral, en un obra en (por ahora) tres actos, de personajes avariciosos, codiciosos, que si no se ocultan bajo toneladas de dinero, lo hacen bajo el morbo, que sobreactúan dentro de las leyes del teatro y que parecen maquillados para ocupar su sitio en un ataúd de madera. La gran mayoría posee rasgos que logran impactar desde la cercanía, desde un veterano atormentado por haber sido desfigurado durante la guerra, hasta un Al Capone de tebeo que castiga cualquier mirada o comentario impreciso (el claro precursor de la idiosincrasia de Joe Pesci). Buscan reafirmar este tándem (director y guionista), poniendo en liza The wolf of Wall Street, cinta que sigue la gloria y el exceso que rodearon a Jordan Belfort, empresario que amasó millones de dólares en la bolsa a través del conocido Pump & dump, con el cual se infundían rumores sobre determinadas empresas para aumentar el valor de ciertas acciones que cuyo valor, tras venderse y descubrirse el pastel, caía en picado.



Leonardo DiCaprio, que maneja tensión y pomposidad como si fueran motosierras, ha demostrado un gran magnetismo con sus últimos trabajos, todos ellos versiones de él mismo. Porque se trata de un ser dinámico, que posee la capacidad de inyectar su propio temor, asi como su furor y pasión. Shutter Island, último trabajo que unió a DiCaprio con Scorsese, es, por delante de una clase magistral de suspense, un alarde interpretativo, un escaparate para el dinamismo de DiCaprio, una escalera que le saca de la gomina cara y los trajes a medida. Ahora, con The wolf of Wall Street, interpreta lo que nunca habría sido, ni fue, (su) Jay Gatbsy: un adicto al exceso, si bien la parafernalia que rodeó la última adaptación del espléndido análisis de la burguesía y los nuevos ricos de Scott Fitzgerald, tuvo mucho que ver con su necesidad de resultar excesiva.

Jordan Belfort, que nadó en mares de lujo, alcohol y cocaína, es el ideal de desmesura que pululaba en los felices 20. No tan inconsciente, claro, pues esta clase de sujetos buscan algo muy cercano a la autodestrucción. Pero es esa característica la que le imprime a este personaje su dinamismo teatral; es demasiado pomposo para ser real, es alguien que dentro de los márgenes de la sobreactuación, podría obrar una maravilla. Puede que por ello todo parezca tan ampliamente surrealista en lo visto de este lobo de Wall Street. Al fin y al cabo, para el viejo Marty, la historia es, básicamente, teatro.

Este artículo se publicó el dia 25/6/2013 en la edición impresa del diario Málaga Hoy.
Lo puedes encontrar en:  http://www.malagahoy.es/article/ocio/1551880/exceso/drama/y/otras/concesiones/teatro.html

viernes, 21 de junio de 2013

(Super) ausente

Me cuesta (y mucho) encontrar algún detalle, algún rasgo de minimalismo de autor, de personalidad, que deba glorificarse en  El hombre de acero. Superman se viste de héroe trágico, de corte solemne, muy humano, pero la coreografía visual de Zack Snyder, este señor tan pegado a su ego que no puede desprenderse de su manierismo estético y su tendencia al exceso, le arrebata cualquier posibilidad de dejar huella en el espectador. Todo a través de agotadores zooms que dañan a la vista, de secuencias extasiantes donde la acción debe seguirse a la milésima de segundo para captar hacia dónde van los golpes, hacia dónde va la historia... Pone el dinero Christopher Nolan, del que ya he escrito aquí y aquí, y sin embargo, no se derrocha ni la cercanía de su cine, ni la humanidad de sus relatos. Todo es serio en este Superman, frío como el hielo e inexpresivo como él. La apatía de sus protagonistas, movidos por ambición, por amor y odio, no les llevar a actuar en consecuencia de sus motivaciones, por ello se exacerba la lejanía entre ellos y la acalorada mente del espectador, que yace en la butaca intentando disipar algo entre la nube de CGI y efectos digitales que llueven del cielo y de la tierra.

-¿Me puedes recordar por qué ella está aquí?¿En tu nave?¿Le gusta mirar?
Irónicamente, en un momento del filme, el popular Perry White (aqui interpretado po Lawrence Fishburne) menciona que Lois Lane habla de Superman (tras descartar la necesidad de proclamar su existencia al mundo) como simple 'humo'. Efectivamente, el Superman de Henry Cavill se torna en algo vacío e innecesario tras descubrir que ese 'super' le viene de familia (extraterrestre). Puede que sea por añadirle algo de peso dramático, algo de imperfección humana, pero conocer sus orígenes le vuelve torpe, estúpido, y en definitiva, por culpa del dichoso elitismo de Snyder, un completo imbécil. ¿Así es más humano? Puede ser, pero alguien que tuvo la iniciativa de actuar hábilmente durante unos 25 años, no debería actuar como si estuviera en una segunda infancia, cuando el futuro de la Tierra está en sus manos.

Se trata de un tópico con patas, un héroe atormentado que cree en la filosofía, que cree que es joven para encontrarla, para ser feliz. Pobre de él, pues lo hace a través de una trama en la que uno no tiene muy claro porque se hacen ciertas cosas y otras se dejan de hacer, o porque el comportamiento de ciertos personajes radica en una moral un tanto arrogante (el caso de Lois Lane y su búsqueda de la noticia que deshecha tras ser la que más claro lo tiene todo)


lunes, 10 de junio de 2013

El fracaso no es una opción

Muchos realizadores que optan por tomar la historia como punto inicial prefieren ahondar en los conflictos universales. Ron Howard se recrea, más que en conflictos, en rivalidades surgidas de lo profesional, no de lo personal. Sin embargo, no funcionan como tal. Representan la rabia que produce el éxito del rival, y la superioridad de ver a un genio caer y fracasar. Esto puede observarse en las miradas que se lanzan los personajes de John Nash (Russell Crowe) y Martin Hensen (Josh Lucas) en Una mente maravillosa.

Una partida de leyenda.


De todas formas, Howard recurre a tomar partido en dichas rivalidades a través de la impotencia del perdedor y planos visualmente sobrios, aunque emocionalmente desoladores. Es imposible no conectar con el astronauta Ken Mattingly, personaje al que dio vida un magnífico Gary Sinise en Apolo 13, y al que se apartó de aquel fallido viaje. Durante la secuencia de ignición, aparece, de espaldas, contemplando el todo y la nada, la viva imagen de la indiferencia que produce ver su trabajo volar por los aires.

Una mente maravillosa explora en la idiosincrasia del éxito y el fracaso, pero la lucha de titanes, de genios matemáticos, determinará el destino de algunos únicamente por escoger mal a un adversario del que se podía renegar. Ya no es la necesidad, es la dependencia de afrontar los retos que el rival no puede, de luchar por un estado mental que sobrepasa las barreras de la obsesión, y roza límites que comprometen la salud de ambos, y ya no solo a nivel mental. Las emociones que segregan las lúcidas imágenes de Una mente maravillosa hacen de ella un haz de luz, una alegría que sufre los vaivenes de la vida y los caprichos del destino. Si Howard es el hombre, Una mente maravillosa es el alma.

Ver un sueño volar, ver un sueño hacerse añicos.






Cuando Howard trabaja con la historia a través de parámetros definidos es cuando despierta su espíritu visual, un bello discurso en forma de magnéticas secuencias que retumban con fuerza. Se trata de un manipulador del drama, de bases fieles al sosiego de Frank Capra y John Huston, y ejecutado con la precisión de un cruce entre la musicalidad de Terrence Malick y la firmeza de John Sturges. Sabe exaltar la fuerza de la pena y de la gloria que sostuvieron a John Nash tras serle diagnosticada su esquizofrenia. Y aunque Howard prefiera modelar la realidad en su favor, optando por las maravillas que se pueden hacer si se pretende comercializar una biografía como la del matemático, cualquiera que la vea como un atentado a las complicaciones en la vida de Nash, tal vez debiera contemplarla como un nuevo plano cinematográfico, el mismo carro al que se suben todos los directores que, o bien no tienen nada que contar, o lo tienen y lo prefieren hacer a través de una figura respetada por el público. Tal es el caso de J. Edgar de Clint Eastwooddonde se expresa, sin apenas fundamentación, la homosexualidad de Edgar Hoover, y no porque se ajuste la realidad sino porque atiende a una doble moral que propone crear un trasfondo más allá del personaje. Con Nash, antes que relatar toda clase de escándalos públicos o privados, o de ahondar en su pedantería, Howard prefirió delimitarlo todo a una historia de superación.

Un pique letal.





Y de rivalidades y superación es el sustento de Ron Howard para su próxima película, Rush, que se estrena en España el próximo 20 de septiembre. Aquí, hará un inciso en su carrera para volver al pasado y relatar el desafortunado accidente de Niki Lauda en el Gran Premio de Alemania de 1976, y de su particular enemistad platónica con James Hunt. Las altas dotes visuales de Howard podrán facilitarle el crear la atmósfera del asfalto germano, humedecido por los vientos de la mañana, y un ambiente insano, propiciado por los piques entre escuderías que, a día de hoy, perduran, porque tanto Fernando Alonso como Sebastian Vettel mantienen una tensión profesional preocupante, y eso sin mantener la relación de pseudoamistad que compartían Hunt y Lauda. Hoy mismo se celebra el Gran Premio de Montreal, donde Niki Lauda se retiró por primera vez de los circuitos en 1979 (volvería en 1982). Es justo la necesidad de retratar el pasado la que hace de Howard un realizador tan dinámico. Ya sea la incómoda entrevista de David Frost a Richard Nixon, como la tensión nacional despertada con el lanzamiento del Apolo 13, o la desesperante existencia de un Premio Nobel, maniobrar con las hojas de la historia le aporta una capacidad dialéctica que le permite conectar fácilmente con el gran público. Justo lo que hace de su obra un calcado variado de un pasado humano, tanto para lo bueno como para lo malo. Una humanidad, valga la redundancia, comercial.

Este artículo se publicó el dia 9/6/2013 en la edición impresa del diario Málaga Hoy.
Lo puedes encontrar en:  http://www.malagahoy.es/article/ocio/1541195/la/caida/contrario/mayor/velocidad.html

domingo, 9 de junio de 2013

Cine y matemáticas

Una pequeña demostración de conceptos matemáticos aplicados al cine.
Un equilibrio de Nash en esta secuencia de la maravillosa obra maestra de S. Spielberg La lista de Schindler.