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Mostrando entradas de junio, 2013

Exceso, drama y otras concesiones al teatro

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La pasión que infunda Martin Scorsese hacia el cine negro no es tal como la imprime realmente hacia los vaivenes del teatro.La profunda dramaturgia de Scorsese late como un segundo corazón en la poderosísima Gangs of New York. Aquí existe un evidente cruce de estéticas, entre una particular dramedia de Broadway y sus (ya más convencionales) impactantes y realistas retratos de la historia norteamericana. Por ejemplo, nace la disyuntiva con la plebe irlandesa que se extiende hasta los trabajos más recientes del director.

Pero ante todo, la sensación que produce contemplar las ficticias carnicerías de la Nueva York ideológicamente desamparada del gobierno de Lincoln, es que se asiste a una vasta coreografía escénica, que pone en solfa su realismo, pero que exalta la fuerza, la rabia de los que la contemplan, por estar tan cerca de tocar la acción, como tan lejos de modificar el curso de los hechos. Este airado retrato de pensamientos, más que de hechos reales, posee un esp…

(Super) ausente

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Me cuesta (y mucho) encontrar algún detalle, algún rasgo de minimalismo de autor, de personalidad, que deba glorificarse en  El hombre de acero. Superman se viste de héroe trágico, de corte solemne, muy humano, pero la coreografía visual de Zack Snyder, este señor tan pegado a su ego que no puede desprenderse de su manierismo estético y su tendencia al exceso, le arrebata cualquier posibilidad de dejar huella en el espectador. Todo a través de agotadores zooms que dañan a la vista, de secuencias extasiantes donde la acción debe seguirse a la milésima de segundo para captar hacia dónde van los golpes, hacia dónde va la historia... Pone el dinero Christopher Nolan, del que ya he escrito aquí y aquí, y sin embargo, no se derrocha ni la cercanía de su cine, ni la humanidad de sus relatos. Todo es serio en este Superman, frío como el hielo e inexpresivo como él. La apatía de sus protagonistas, movidos por ambición, por amor y odio, no les llevar a actuar en consecuencia de sus motivaciones…

El fracaso no es una opción

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Muchos realizadores que optan por tomar la historia como punto inicial prefieren ahondar en los conflictos universales. Ron Howard se recrea, más que en conflictos, en rivalidades surgidas de lo profesional, no de lo personal. Sin embargo, no funcionan como tal. Representan la rabia que produce el éxito del rival, y la superioridad de ver a un genio caer y fracasar. Esto puede observarse en las miradas que se lanzan los personajes de John Nash (Russell Crowe) y Martin Hensen (Josh Lucas) en Una mente maravillosa.



De todas formas, Howard recurre a tomar partido en dichas rivalidades a través de la impotencia del perdedor y planos visualmente sobrios, aunque emocionalmente desoladores. Es imposible no conectar con el astronauta Ken Mattingly, personaje al que dio vida un magnífico Gary Sinise en Apolo 13, y al que se apartó de aquel fallido viaje. Durante la secuencia de ignición, aparece, de espaldas, contemplando el todo y la nada, la viva imagen de la indiferencia que pr…

Cine y matemáticas

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Una pequeña demostración de conceptos matemáticos aplicados al cine.
Un equilibrio de Nash en esta secuencia de la maravillosa obra maestra de S. Spielberg La lista de Schindler.