Diario de un crítico

Blog personal del crítico de cine Simón Cano Le Tiec.

lunes, 15 de abril de 2013

Exaltando la brutalidad

Ryan Gosling de etiqueta en 'Only God forgives'.
El del director Nicolas Winding Refn es un lenguaje visual bello, delicado, pero que resulta más cercano cuando se recrea en la negritud, en la crudeza; cuando exalta la brutalidad y el realismo. Como relato noir, alimentado por un héroe de corte carnavalesco, algo hortera, pero tan mítico como el Shane de Alan Ladd en Raíces Profundas, y sereno como el John Wayne de El álamo, Drive, adaptación de la sorprendente novela de James Sallis (El tejedor), no recuerda a nada en concreto. Se deja ver y oír como un meloso pastiche de homenajes, como un ensayo sobre estilos; todo huele a Walter Hill, a Friedkin, pero no bebe concretamente de ninguno de ellos. Por eso funciona como epopeya de la transgresión moderna, viva imagen de una cinefilia reciclada, que no reutilizada. Se condensan estilos, sin calcar. Únicamente, se leen bajo un mismo lenguaje, una prosa lírica, extremadamente violenta. Pero bella, al fin y al cabo. Una obra donde se aprecia el fervor de Refn por el contraste, por contemplar la inmundicia desde el atractivo de las noches de neón y por captar la emoción en un entorno brutalista. Este es un oculto cuento de hadas con flores marchitas, ensangrentadas por la pasión de su héroe.

Una escritura distinta es la que este peculiar director danés practicó con su discreta trilogía Pusher, relato barriobajero, visualmente sobrio (debido al presupuesto, más que a otra cosa) y emocionalmente atronador. Aquí sí se encuentran influencias, tanto de talante literario, en conversaciones y escenas que parecen impregnadas de la épica realista de Irvine Welsh, y cinematográfico, por desgracia, a través de inciertos homenajes a la desagradable teatralidad de John Waters. Esto se denota cuando Refn comienza a dar sus primeros pasos en sus estudios estéticos, en sus juegos de luces, y sobre todo, cuando contrapone el petulante aire trash de su obra con el tono kitsch del odioso Waters. Sobre esta tendencia habla largo y tendido en Bronson, superficial ensayo sobre diversas teorías conductistas relacionadas con la violencia (de ahí a que se la relacione con la también infame La naranja mecánica) y que se queda en eso, un mero ejercicio de estéticas.





Nicolas Winding Refn.
La prosa de Sallis, por otro lado, se basa en las voces, en la sordidez de los diálogos, pues ensaya con sus personajes, los solitarios, los alcohólicos, los desesperados y, aunque más escasos, los triunfadores. Todos ellos se identifican y memorizan con fuerza y facilidad. Algunos dejan huella, otros dejan poso, pero Driver(anónimo protagonista de la novela) viene y va, irrumpe en las vidas de todos ellos para marcarlas con fuego y sangre, o porque así se salda un corazón quemado, con derramamiento de sangre, o al menos, según él.

Drive (la novela) es un poderoso recital de jerga criminal, pero no por ello se deja fuera a los injustos despojos de una sociedad en decadencia. De veteranos mecánicos que reparan las torturadas piezas de automóviles empleados en Hollywood, hasta los especialistas que montan semejantes ataúdes con ruedas. Ahí también está el guionista frustrado, que trabaja por horas componiendo y deshaciendo diálogos, adaptando del argentino y del polaco crudas y pretenciosas parrafadas que acabarán yaciendo en las estanterías de un videoclub de Serie B. El sueño americano, vaya. Corrompida su ambiciosa alma por el mero hecho de que le haya tocado vivir una época deprimente ¿qué le queda? Lo que su agraciada creatividad le ofrezca. Por ahí decía "cuando el coche, o el guión, caen por el precipicio, empezamos de cero". Tal vez demasiado cierto, más que nada, porque guionistas dedicados al cine de acción ochentero, a quemar llantas y a hacer del sexo femenino un par de tetas con dos líneas de diálogo los había a patadas, por muy buenas ideas que tuvieran. A su lado están los gangsters, bocazas, como siempre, como les gusta a Tarantino o a los Coen. Estos que se rellenan el calzoncillo con una automática y que dejaron de vestir de sport para vestir de chándal (atrás quedó el elitismo scorsesiano) . Esos si han salido adelante. Injusto. Ni que decir tiene. Una cruda metáfora de una sociedad sostenida por el crimen, por la sangre y el color del dinero.
James Sallis, oscuro narrador, magnífico escritor.


El caso es que, en la piel de Refn, no es precisamente fácil maniobrar con un autor como James Sallis. Porque el lenguaje de Refn habla de estilos, mientras que el de Sallis, de voces. No comparten universo, y, a priori, nunca podrían. Por ello, Drive prefiere ceñirse a los encuadres, a violentas coreografías visuales, pero, tal vez, de manera involuntaria, entre tanto simbolismo no se puede evitar que todo suene a cine negro, por lo que sus personajes, destinados a la penumbra y a la mudez, comienzan a cobrar fuerza.

El director planea un leve giro del volante con Only God forgives, donde vuelve a unir fuerzas con el magnético Ryan Gosling en una cinta que ahonda en las influencias familiares, en el revanchismo entre mafias y grupos policiales, y en la iconografía de la lucha Muay Thai. Aquí, Refn se traslada a Bangkok, seguramente, por el esplendor de una ciudad que se despierta durante la noche. Como las almas que controlan ese mundo tan despiadado por el que acostumbran a moverse los personajes de Sallis. Básicamente, como la obra de Refn. De día, la utopía de las emociones. De noche, el baño de sangre.

Este artículo se publicó el dia 15/4/2013 en la edición impresa del Diario Málaga Hoy.
Lo puedes encontrar en:  http://www.malagahoy.es/article/ocio/1502823/la/exaltacion/la/brutalidad/y/sus/razones.html

viernes, 12 de abril de 2013

Poetas perdidos

Adquiero un tono más personal en el siguiente comentario por mi devoción por el que creo que es uno de los mejores directores vivos de la Historia del Cine: Terrence Malick. Su último trabajo, To the wonder, era una de las dos o tres películas que más ganas tenía de ver este año. Ahora bien, no sé si es el hecho de estar rodando más de 2 trabajos simultáneos, de haber perdido la lucidez de su obra o, simplemente, de haberse comido el panorama audiovisual con su espléndida El árbol de la vida, pero la decepción que supone comprobar que To the wonder es lo que pensaba que Malick nunca rodaría en vida (y digo 'en vida' por las dicotomías metafísicas que suele plantear este señor). No hay detalle que se me escape en esta agria y supuesta oda al amor meramente físico, pero no soy capaz de conectar con estos personajes creados por Malick. Ni con el ligón de Ben Affleck, ni con la inestable Olga Kurylenko, ni, por supuesto,  con el sacerdote de Javier Bardem. No encuentro absolutamente nada de poesía en este pretendido homenaje a la lírica romántica, cuando se trata de un recital absurdo sobre lo absurdo. Todo transcurre entre susurros y frías caricias, que se despegan de mis retinas pasados unos segundos, cuando trato de asimilar la avalancha de imágenes con las que Malick trata (en vano) de convencer.
Duele que este Malick dejado, que ha abandonado todo rasgo de emotividad para centrarse en lo ridículo de una serie de relaciones únicamente carnales, haya engendrado semejante disparate. Prefiero el amor de Malas tierras a la dependencia física y presuntamente emocional de esta 'To the wonder', algo así como 'hasta la maravillia', algo irónico, cuando lo que ha hecho este señor es desplomarse y caer derribado hasta el desastre.


jueves, 11 de abril de 2013

La belleza de un mundo imperfecto

De coloridas estéticas y utopías sentimentales vive el cine del británico Danny Boyle. Recientemente se pudo comprobar su pulso de coreógrafo visual en la inauguración de los últimos juegos olímpicos, todo un espectáculo ligado al clasicismo inglés, junto con las vivas escenas de una evolución mística. Esto último es en lo que se asienta la base de un realizador imperfecto, visualmente hiperrealista y de profundo talante neoliberal. Suele lanzarse a los brazos de una realidad edulcorada, tratada con originalidad a través de un filtro que, precisamente, hace de la drogadicción, la pobreza, la locura, el sufrimiento, la soledad... algo profundamente místico.


Prácticamente todas sus obras lucen como bellas imágenes sobre el dolor en todas y cada una de sus formas. Su logradísima y apasionante visión del clásico contemporáneo de Irvine Welsh Trainspotting es la percepción pulp de la sociedad hacia la drogadicción. Atractiva, lasciva, y a su vez, asqueante y desgarradora. El jugar con las dicotomías es algo que a Boyle le debe de encantar, y su cine es prueba de ello. Por ello, la esencia de comedia macarra acaba tan bien definida en una oda al desastre social como supone esta reconocida y humilde joya del cine británico de los 90. Posteriormente, uno se encuentra con una cinta de corte similar, bella y cruda, asombrosa y repelente: su magnífica La playa. De feroces diálogos e insinuantes situaciones influenciadas por su tratado literario (muy apreciable en sus primeras cintas), supone su obra más llamativa y enigmática; un viaje a los entresijos de las reacciones humanas. Sus dos trabajos más flojos, narrativamente confusos y estéticamente desagradables, 28 días después, o cómo no poder aguantar ni 28 minutos de indiferencia, y Slumdog Millionaire, el hastío hecho cuento de hadas, son los que han llegado al gran público, algo comprensible teniendo en cuenta los temas que Boyle tiene sobre la mesa con ambas películas. Por lo tanto, se deja de lado Sunshine, su incursión en la ciencia ficción (aunque lo poco que tenga de ciencia se estrelle en apenas unos instantes), y que representa un íntimo análisis de la soledad y la empatía humanas, además de homenajear el elitismo de Andrei Tarkovsky (Solaris).

El intento de ahondar en su propio estilo, de perfeccionar su fotorrealismo y sus análisis humanistas originó la estupenda 127 horas, un proyecto realmente completo como pocos últimamente, que establece una más que digna irrupción en la nueva década de un realizador que, francamente, lo tiene muy complicado para superarse.


Ahora, como de costumbre, vuelve a establecerse en el mundillo de los estudios psíquicos con Trance, thriller psicológico que, a priori, sigue los rasgos esteticamente trash de Trainspotting edulcorado con la subjetiva belleza de las altas esferas sociales, y que llegará a las carteleras españolas el 14 de junio. Aquí, Boyle recurre a un magnífico intérprete, el enigma escocés que es James McAvoy, todo un expresivo y dinámico talento que debería explotarse más a menudo. Sus trabajos recuerdan a la fuerza de Brad Davis (El expreso de medianoche) y a la espontaneidad del Gary Oldman que solia tener esa tendencia al exceso que ha ido abandonando con el paso de los años. Una lástima que no se esté aprovechando su proyección internacional, exceptuando títulos como la extrañamente laureada Expiación y la sobresaliente X-MEN: primera generación. Además, se sigue observando la predilección de Boyle por lo irreal y lo onírico, pero su fascinante y cuidada ambientación es lo que resulta tan atractivo y empalagoso en una obra originalmente planteada como algo sobrio y atroz. Sus influencias se pueden apreciar facilmente en las pinceladas estéticas de Sin límites, de Neil Burger, que si bien posee el aliciente de partir de una novela para empezar a asemejarse a la obra de Boyle, también exprime planos y secuencias físicamente imposibles para hacer de la locura y el trance una sesión de hipnotismo que el espectador pueda experimentar.

Pero lo que hace único a Boyle es el poder manejar a voluntad cualquier plano social, por muy infrahumano que pueda ser, y conseguir que acabe enmarcado en un retrato armonioso, lúcido, consciente de que porta un mensaje durísimo y cruel, pero ello no le impide expresarlo tal y como realmente le gustaría que se viera desde otra perspectiva. La mirada del genio imperfecto de un mundo imperfecto.

Este artículo se publicó en la edición impresa del diario Málaga Hoy el día  8/3/2013.
Lo puedes encontrar en: http://www.malagahoy.es/article/ocio/1497819/la/belleza/mundo/imperfecto.html

lunes, 1 de abril de 2013

'Killer Joe': La lección merecida

Killer Joe es la carta de amor de William Friedkin al arrojo de la cultura pulp, pero también a la brillantez de la novela negra, esa que siempre ha sido impulsada por los típicos arrebatos emocionales que han guiado la mayoría de las obras de los Hermanos Coen. Porque la trama, precisamente, ratifica los argumentos del director bicéfalo. Desde la premisa inicial (un hijo y su padre que, por necesidad, planean asesinar a la matriarca de la familia para cobrar su seguro de vida) hasta la intervención de un enigmático asesino a sueldo, el último trabajo de Friedkin no para de recordar a la oscuridad de Sangre fácil, opera prima de los Coen.

En esta obra teatral escrita originalmente en 1993 por el ganador del premio Pulitzer Tracy Letts (que también trabajara con Friedkin en la abandonada Bug), se puede apreciar el interés de este escritor en las motivaciones sentimentales que guiaban la obra de Raymond Chandler, aunque también hay sitio para los descaros sanguinarios y brutales de George V. Higgins.

Desde French Connection, la sobriedad visual es un elemento que ha acompañado a William Friedkin. Entonces facilitó la creación de una dinámica narrativa bastante más realista que la que pudo elaborar, por ejemplo, Peter Yates con su implacable y lograda Bullit. Dicho estilo es el que el propio Yates aplicaría de forma magistral posteriormente en El confidente, protagonizada por un sobrio y ejemplar Robert Mitchum, que adaptaba la extraordinaria novela Los amigos de Eddie Coyle, del antes citado Higgins. Con esto se viene a decir que el innegable talento de Friedkin para la dirección de actores, para el tratado del suspense y la historia, va fuertemente ligado a las bases de la novela negra norteamericana. Incluso en su popularísima El exorcista se llega a desprender un terror literario, más cercano a la novela que al susto fácil de barraca.


En Killer Joe, Friedkin deja entrever su osada pasión por el recurso teatral, sobre todo cuando se recrea en larguísimas escenas de corte coeniano, que a priori lucen grotescas e inmundas, y que no tardan en disolverse para convertirse en un ensayo sobre las relaciones humanas. La base de este Friedkin se asenta en los pilares de la comedia negra que rodea las castas de la américa profunda (las de Texas, en concreto) para encuadrar conversaciones, diálogos y situaciones que siempre giran en torno al aire redneck, o a la simpleza de estas regiones sureñas. Todos los personajes a los que el tándem Friedkin-Letts les dan cuerda funcionan para representar los distintos extremos de este crudo retrato emocional. Mención aparte merece el killer Joe de Mathew McConaughey. Lejos de ser un duro vaquero del Death Valley (porque enfundado en un sombrero negro, como el resto de su vestimenta, cualquiera diría lo contrario), este personaje dedica sus buenos modales a preservar lo escrito, a contener los valores de una sociedad en ruinas, y a dejar de lado a aquellos que infrinjan su código moral. Sus aires de macarra se disipan rápidamente cuando se topa con la inocencia de una joven chiquilla (una reluciente Juno Temple), y es aquí cuando se denota su pasión por el ser humano. Posee la idiosincrasia de un antihéroe destinado a hacer sangrar al mundo. Así funciona sobre el papel, y la magistral interpretación de McConaughey ayuda a que esta ilusión costumbrista también lo haga sobre el trabajo de Friedkin.


Puede que por ello, por su descarnada visión del comportamiento humano, la última película de William Friedkin sea, al mismo tiempo, la más completa. Recoge el esteticismo de sus primeras obras y le aplica la sordidez de aquellas que no fueron tan elogiadas en su momento, como si lo han sido a través del tiempo. Killer Joe es un cruce entre la exaltación de la violencia de A la caza y la negritud de Vivir y morir en Los Ángeles, dos de las cintas más aparcadas del director, que aquí, en cierto modo, son rescatadas, pero no en cuerpo, sino en alma. Todo ello, claro, sigue el ritmo del Friedkin primerizo. Algunas escenas, extensas en su mayoría, no paran de recordar a cómo aquel realizador medía el tiempo con sus atemporales persecuciones por Nueva York. Por suerte, aquí todo está reciclado, pero sigue estando bajo la misma batuta que obró sus mejores cintas. No inventa nada, porque es imposible, y más cuando ha inundado la cultura popular con su famosa secuencia del abarrotado metro neoyorquino, calcada de tal forma en tantas ocasiones y de innumerables formas que si no supera el coñeo es porque le queda muy poco para hacerlo.

Friedkin renace de sus olvidadas cenizas, alimentado por las influencias que él mismo propició. Una lástima que, por ahora, no tenga fecha de estreno previsto en España. Sin duda, Killer Joe es la cinta que su director se merecía, y su público, también. De hecho, se la sigue mereciendo.

Este artículo se publicó el dia 1/4/2013 en la edición impresa del diario Málaga Hoy.
Lo puedes encontrar en:  http://www.malagahoy.es/article/ocio/1492905/la/leccion/merecida.html