Diario de un crítico

Blog personal del crítico de cine Simón Cano Le Tiec.

lunes, 28 de enero de 2013

Poesía y belleza, o lo que queden de ellas

Desde el nacimiento, al niño le enseñan a apreciar la belleza de la vida; se le invita a vivir en armonía con un mundo oscuro y complejo pero que a través de sus ojos luce como un símbolo de majestuosidad inexplorada. Al madurar, se irá alejando de su admiración por el mundo, mientras observará, atónito e incrédulo, su faceta más desdichada, y durante un tiempo, el miedo a la muerte permanecerá a la sombra del perturbador miedo a la vida. Terrence Malick tuvo tiempo de hablar largo y tendido sobre ese periodo de rebeldía e inconformismo en su cruda Malas tierras y en su reciente El árbol de la vida, un profundo relato sobre la dureza moral del ser humano a la hora de plantearse su existencia, así como su inevitable y trágica muerte. Aquel retrato sobre la indiferencia del hombre ante su final, tan endiabladamente cautivador y osado, ha supuesto un grandioso giro en su carrera. Cierto es que Malick siempre ha ensayado con las emociones de sus personajes, pero es solo en esa densa obra maestra en la que los ha forzado a extremos donde sus sollozos resuenan como cantos a la vida y a la muerte. Desde su atrevida primera mitad, donde despliega su inalcanzable poderío para narrar el origen de la vida, el orden a partir del caos, hasta su conmovedor final, El árbol de la vida relata los vaivenes de las relaciones maternales y paternales, a través de un espectáculo realmente íntimo y personal. A lo largo de toda su obra, incluyendo la injustamente olvidada Días de cielo, y la lírica antibelicista de La delgada línea roja, ha insistido en que sus personajes creyesen en el cariño de sus familias y de sus parejas, pero es con To the wonder, su último trabajo (junto con otros dos que tiene arrancados), donde trata de reivindicar su trascendente concepción personal del amor. El idilio de sus protagonistas, Olga Kurylenko, la bella y atractiva actriz ucraniana, de llamativos y enigmáticos rasgos eslavos, y Ben Affleck, manifiesta la pasión platónica, que evoluciona a través del miedo a la soledad, y aparca el amor físico a un lado, para reforzar un vínculo que se basa más en el afecto mutuo, que a un acuerdo meramente sexual. Se trata de una relación que roza lo poético, tan contemplativa que hablar de un amor incansable significa temer más a la muerte del amado, que su traición. Malick parece pretender ligar el amor a la misma dimensión de la naturaleza con la que trabajó en sus anteriores obras. Su universo se basa en crear seres capaces de determinar el origen de su existencia, de luchar por su amor, enloqueciendo si es necesario, siempre y cuando abandonen el mundo conociendo aquello que tienen, y lo fácil que sería que algo se lo arrebatara. Eso les hace sentirse culpables. Es entonces cuando la desesperación sume a sus personajes en una agonía de la que no pueden escapar, pero de la que tampoco pretenden salir; el sadismo emocional de Malick no conoce límites.
To the wonder, que llegará a las salas españolas el próximo 10 de mayo, se presentó en el Festival de Cine de Venecia del pasado año. Como El árbol de la vida en el Festival de Cannes el año de su estreno, las críticas y las opiniones resultaron bastante dispares. No es de extrañar. La obra de Malick, pese a su contundencia y osadía, rompe con las impresiones y los mecanismos del cine convencional. Trabaja con ferocidad, aunque sus relatos sean tan ásperos y emocionantes, pero su necesidad de trascender es lo que lo convierte en el blanco de todas las críticas. Pero el Malick más reciente es también el más lúcido, y sus connotaciones filosóficas son mucho más legibles en sus últimos proyectos. Se trata de uno de los pocos realizadores que ha plasmado la integridad de la madre, y la sensibilidad del padre de una forma tan dinámica y realista como lo hizo en El árbol de la vida, además de su particular y enternecedor ensayo sobre las relaciones fraternales, y lo dura que es una muerte en cualquier familia, donde el silencio se extiende por todas las habitaciones, y los llantos suponen el único ápice de presencia humana. Tendrán que pasar años para que algún talentoso realizador dé lugar a una obra similar. Por suerte, gracias al odio de unos, y al cariño de otros, la obra de Malick permanecerá intacta, hasta que las generaciones futuras detecten lo que tuvimos, y por qué fuimos capaces de perderlo.
Publicado en la edición impresa del diario Málaga Hoy el 28 de Enero de 2013.
También lo puedes encontrar en: http://www.malagahoy.es/article/ocio/1447846/poesia/y/belleza/o/lo/queden/ellas.html

Sentimiento de héroe

Christopher Nolan ha dejado volar a su preciado murciélago. Lo ha hecho con un desenlace grandilocuente, propio de la grandeza con la que ciertos directores de orquesta suelen culminar algunas obras , una vez han cautivado a su público. La nostalgia que siente por el trabajo concluido es superior a su orgullo, que se halla repartido entre la ovación del auditorio y las lágrimas que descienden por su rostro. Para muchos, aquello lo consiguió con la inigualable El caballero oscuro, con el difunto Heath Ledger tirando de una superproducción armoniosa en todos los sentidos. Sin embargo, esa parte de su pasado todavía piensa por sí misma. Ahora el cineasta ha mostrado su interés en producir la nueva adaptación de Superman, con El hombre de acero, que tiene previsto su estreno en España el 21 de junio de este año. Puede que Superman no presente el mismo parlamento que El caballero oscuro, pero sí que, a lo largo de los años, ha ido redescubriéndose, encontrando en sí mismo a un ser humano capaz de sentir y temer lo que los demás. Su faceta emocional va más allá de ser un simple superhéroe; pretende integrar lo más profundo de su ser en un mundo plagado de crueldad. Para ser feliz, necesita que sus seres queridos convivan lejos de la muerte, la desolación y la traición. Su obsesión con los sentimientos le ha llevado a tomar elecciones durísimas, y se ha visto obligado a afrontar sus consecuencias con aplomo. Esa determinación por ser más humano que el propio hombre es lo que ha conmovido a varias generaciones de sus seguidores. Una de la colecciones de cómics que mejor refleja este compleja visión del mundo es Las cuatro estaciones, donde Superman vive un periodo de tranquilidad junto a su familia, equiparado con otro en el que libra una gran batalla contra la injusticia en la ciudad de Metrópolis. Tras una lamentable tragedia, tras sentir que sin su ayuda, probablemente, los niños que coreaban su nombre estarían muertos, su némesis, Lex Luthor, se le acerca con aire petulante, aunque perturbador. Contempla la escena en la que una mujer, bien conocida por ambos, yace muerta en los brazos del superhéroe, cuya mirada refleja una tristeza fuera de alcance para muchos héroes que pretenden empatizar con su causa. Pero en ese momento, no es Clark Kent el que sufre ese cúmulo de emociones; es Superman. Luthor se aproxima cada vez más, haciéndole comprender que nunca alcanzará a entender lo frágil que resulta la condición humana. Cierra su intervención con la frase "Ser el hombre más poderoso del mundo no significa nada si estás completamente solo". Parece que el Superman interpretado por Henry Cavill, cuyo magnetismo, sólido, ha permitido levantar algunas de las películas que ha protagonizado, viene con la lección aprendida, igual de emocional y contemplativo (o más) que el Batman de Nolan. Ahora bien, el universo de Superman, tan místico como inquietante, ideado como una quimera rebosante de creatividad, requería la fuerza visual de un realizador como Zack Snyder, que lleva años demostrando la belleza de sus imágenes y las proezas de la fotografía digital. Uno de sus trabajos más plausibles, amenos y majestuosos es 300 (2006), la popular recreación de la batalla de las Termópilas, donde le mostró a su público su capacidad para coordinar sus impresionantes desvaríos visuales, con una acción tan magníficamente coreografiada y elitista. Watchmen (2009), su particular adaptación del cómic de Alan Moore, permitió que afinase su técnica con un cuidado retrato de diversas influencias culturales de los años 60 y 70, incluyendo sendos homenajes a autores como Simon & Garfunkel y Bob Dylan. Su alianza con Nolan hace desear que El hombre de acero recoja lo mejor de ambos estilos y que ambos directores consigan pulir una superproducción con sentimiento, que sea capaz de borrar el despropósito que resultó Superman Returns (2006) para todos sus seguidores, y que pueda hacer renacer un mito que perdió su encanto y su desdichada esencia cuando se sobreexplotó a Christopher Reeve. A estas alturas, Hollywood no se puede permitir experimentar con uno de los iconos más célebres del mundo del cómic. Superman siempre ha sentido la agonía de vivir bajo la agresión de sus sentimientos, volando entre los edificios con una apariencia de felicidad, mientras que en el fondo se sí mismo emite un llanto evocando a la maldad que se lo podría arrebatar todo. Si el tándem Snyder-Nolan consigue que su personaje resulte tan humano y emocional, que el público olvide lo mecánico que pudo llegar a ser en sus anteriores adaptaciones, ambos habrán conseguido que el mito renazca.

Simón Cano Le Tiec
Este artículo se publicó en la versión impresa del diario Málaga Hoy el dia 21 de Enero de 2013. También lo puedes encontrar en: http://www.eldiadecordoba.es/article/ocio/1442491/sentimiento/heroe.html