Diario de un crítico

Blog personal del crítico de cine Simón Cano Le Tiec.

martes, 4 de septiembre de 2012

Eyaculación lacrimal

No es complicado darse cuenta del error cometido por las campañas publicitarias actuales que se dedican a venderle al público un culto al cine como un despropósito del montón, con lo que al espectador no le queda otra que rendirse al marketing de las grandes productoras. Errores como éstos son los que se han cometido con cintas de producción independiente, pero los publicistas pecan en exceso de su propia seguridad. Shame, se ha vendido como reivindicación del erotismo, como otro de tantos análisis sobre el comportamiento sexual. Y se trata de una contradicción.

El producto de Steve McQueen puede resultar falto de clase; sin embargo, su elegancia visual es inflanqueable. Muchos lo dudarán, pero la carga erótica de la cinta es mínima (o nula, según se vea). El desnudo femenino podría ser vivo, intenso y apasionado, pero en su empeño por tratar la adicción a su presencia acaba representándolo como algo mecánico y frenético, casi al borde de lo colérico, donde las prisas desarrollan la sensualidad hasta convertirla en una anemia descontrolada. Con esto McQueen demuestra que el adicto al sexo no camina buscando belleza ni lapasión, sino el saciar una líbido llevada a los límites de lo moralmente censurable, y acaba por realizar un retrato crudo y sórdido de la estabilidad de un mundo tan propenso a la rutina. Después de todo, alterarle la vida a un hiperactivo sexual es como derribarle un castillo de naipes a un hooligan irlandés: imprevisible.

El método de McQueen es eficaz y certero. Se deja influir por la esencia retro de las noches de neón californianas, solo que aquí nos las traslada a una Nueva York de paseos laberínticos insinuantes y morbosos. Pero que nadie se equivoque; esta cinta no vive del detalle, ni del desnudo, ni del sexo. Es más, en su mayor parte, McQueen se limita a diferenciar el sexo hablado del que posteriormente se encarga de dibujar. El conjunto acaba atropellado por la velocidad con la que se ejecuta, y las sábanas no se han ni revuelto para cuando todo ha llegado a su fin. Atención, la campaña publicitaria red-band de Shame se ha centrado, únicamente, en el lado más comercial de una tragedia personal, lo cual demuestra la visión que se tiene de los espectadores actuales.

El actor Michael Fassbender, titánico en su labor, se reinventa a cada paso que da, y aquí no se queda atrás; es capaz de mostrarnos al adicto en sí, al que se alimenta de gritos y gemidos todas las noches, y al adicto a la propia vida que se ha labrado, la que se basa en poner la otra mejilla (la que no está manchada de pintalabios) y en esconder su privacidad en lo más profundo de su persona. Nos debilita saber que a un ser como el adicto al sexo sólo le basta un empujón para caer en el caos. Rehacer su vida tras la tormenta es otro cantar, aunque habrá valido la pena intentarlo si tras ello siente un mínimo de vergüenza por los extremos a los que ha llevado su existencia. Por un lado, se le acabaron las noches de juerga y orgías, por otro, puede que haya perdido lo que más necesitaba. McQueen acaba de firmar una portentosa epopeya emocional, y vienen importando más las formas con las que nos la otorga, que el trasfondo en sí. Lo vendan como lo vendan, el producto seguirá siendo el mismo; si el público se quiere permitir el lujo de perdérselo, allá él. Avisado está.

Puedes encontrar este articulo en: El diario de Sevilla

lunes, 3 de septiembre de 2012

La quebrada columna de la comedia española

La actual comedia negra española sigue demasiados estereotipos como para llegar a hacer escuela. El humor patrio no resulta ni elegante ni mordaz a la hora de pincelar algún que otro rasgo del personalismo del director. Pero, por otra parte, hay algo que no es precisamente un logro al tratarse de uno de los aspectos más dotados del género: la oratoria a la provocación que se pretende crear. La respuesta es sencilla, y efectiva; las salas se llenan de espectadores con tal de ver un desnudo protagonista y comentar el coste de semejante chute de silicona. El fallo reside en que, al tratar de alejarse demasiado de la naturaleza satírica del humor norteamericano (o inglés), se esté generando una categoría basada precisamente en esa esencia. Nacho Vigalondo no se ha aferrado ni a mostrar su temperamento creativo, ni a producir calcados estadounidenses. Sin embargo, tampoco puede presumir de haber concebido algún referente, y Extraterrestre representa el abandono de ese tanteo tan dejativo. Lejos de su mucho menos que honesta campaña publicitaria, la propuesta de Vigalondo no va más allá de lo trascendental; es más, el proyecto se reprime continuamente a sí mismo para no estructurar una cinta demasiado ambiciosa.

Esto, como modestia, resalta con brillantez, pero no deja de crear una grave animadversión por un producto algo simplista, que carece del fondo desconocido que muchos suelen anhelar ante esta clase de cintas. Al final hay que reconocer que Vigalondo es menos intimista de lo que realmente pretende hacer parecer. 7:35 de la mañana forma parte de aquellos visionados que gustan enormemente más la primera vez que se aprecian, pero que con el paso del tiempo se van debilitando hasta crear esa reticencia que todos llegan a presentar. El caso de Vigalondo es, además, complejo, puesto que nace de una serie de conjeturas algo desmesuradas, que depositan esperanzas en proyectos muy complicados de exportar. Tome alguna secuencia tarantiniana de las muchas que encontrará, como por ejemplo los casi veinte minutos de ansiedad existencial en la taberna La Luisiane de Malditos Bastardos. Redúzcala a menos de un cuarto de hora, e introduzca un poco de persuasión emocional. El resultado: una matanza insustancial y cursi by Vigalondo. Extraterrestre, sin embargo, puede resultar más que atractiva por el dinamismo con el cual se introducen a todos los protagonistas. El alien se descubre a través de cada mirada, de cada acelerón evasivo, y de cada acto imprevisto, revelando que no se conoce del todo bien a nadie hasta que se le ha llevado a ciertos extremos físicos o mentales, tal y como clamaba el discurso de Heath Ledger en El Caballero Oscuro.

Si la imprevisibilidad del ser humano se muestra tan comprometida, puede que haya que replantearse lo que de verdad podría llegarse a hacer si de la noche a la mañana una invasión alienígena asediara el planeta. En el caso de Extraterrestre, despertarse junto a Michelle Jenner no presenta demasiadas complicaciones, aunque compartir techo con un Raúl Cimas más histriónico de lo normal puede llegar a considerarse como un peligro existencial. Vigalondo sella la obra con horchata, casi dejándola a merced del carisma de su reparto, creando una firma elegante y respetuosa hacia los clichés a los que tanto pretende englobar; sólo le hubiese hecho falta alejarse más del funesto modelo instaurado por sus compañeros, del que todavía sigue haciendo gala.

Puedes encontrar este artículo en: El diario de Sevilla